jueves, 19 de junio de 2008

El Destino de Macario

El Oso Guardiola me contó la historia de Macario. La degusté con sorbos de Zacapa Centenario, y pensé que es el tipo de historia que la Nía Nena contaría en sus cartas a su comadre, la Nía Toya. Por eso la transcribo en forma epistolar

Querida Comadre:

Le escribo porque me siento triste. Siempre estoy así desde que mi amado esposo Salvador, que Dios lo tenga en su gloria, me dejó.

Cuando los mozos se van, por la tarde, me quedo sola con el Marimba, un chucho costilludo que siempre andaba con el difunto Salvador, que de Dios goce, y ahora siempre anda conmigo. Algunas veces, por la noche, sale al patio y aúlla con gran sentimiento, ha de ser cierto que los chuchos pueden ver a los difuntos. También están los animales del corral, pero el único que se ve triste es el Alacrán, que era el caballo del finado. Le puso ese nombre porque dijo que así es como los árabes llaman a los caballos finos, sobre todo a los que son negros y brillantes como los alacranes de verdad. Eso fue antes de que viniera aquel maestro de la capital a decirle que el nombre correcto era "Alazán". ¿Se acuerda del maestro? Pobrecito, nunca se supo de él después de la feria. Dicen que era muy bromista, y la gente de aquí no entiende de bromas ni de payasadas. Que Dios lo tenga en su seno, junto a mi Salvador.

Pues una tarde, tratando da ahuyentar la tristeza, me fui a pescar a la poza honda montada en el Alacrán. El Marimba iba delante, moviendo la cola y olfateando, moviendo la cabeza como si estuviera escribiendo algo en el aire con la nariz. Viera qué lástima me dió la pobre lombriz, cómo se retorcía para salvarse del anzuelo, pero al fin la metí y tiré el sedal con su plomo y su corcho, enmedio de la poza, como me enseñó el pobre Salvador, que descanse en paz. Allí estuve un buen rato sin que pasara nada, hasta que sentí un jalón que hasta hundió el corcho; esperé que el sedal se pusiera bien tilinte, y de un sólo tirón saqué sedal, corcho, plomo, anzuelo y pescado.

Era un pescadito chiquito y como transparente, que más que hambre daba lástima. Para qué se va a comer uno un charalito como ese. Lo destrabé del anzuelo y lo iba a tirar a la poza, pero pensé que los otros pescados se iban a burlar de él si lo miraban regresar derrotado, iban a decirle que no servía ni para sopa. Se lo iba a dar al Marimba pero me dió lástima pensar en el pescadito todo masticado por los grandes colmillos del chucho, así que boté el lodo con las lombrices, lavé la cubeta y la llené de agua limpia para llevarme al pescadito a la casa. Ahora el agua de la poza es limpia. Usté, como no ha venido desde hace tanto tiempo culpa del Federico, ese su marido tan antisocial que se consiguió, que sólo pasa encerrado en la casa y ni suiquiera la deja salir a usté, no se dió cuenta cuando pusieron el agua en el pueblo. Ahora la gente ya no viene a bañarse al río y ya no se ven aquellas natas de espuma con mugre que se miraban antes. El agua es limpia y hasta se puede meter una sin miedo a que se le pegue alguna enfermedad.

Al pescadito lo llamé Macario, como mi abuelo. Siempre hay que ponerle nombre a los animalitos que viven con uno, aunque no sean cristianos. Ya cuando viven con uno es como si tuvieran alma, pues, y ni modo que los va a dejar sin bautizar. Lo eché en el abrevadero donde toman agua las vacas, y viera como prosperó. Al poco tiempo ya se oía desde la casa ¡chuplús! cuando saltaba y volvía a caer al agua.

Un día tuve que salir corriendo por un relajo que tenían las vacas en el corral. Macario había caído fuera del abrevadero y estaba retorciéndose en el suelo, como tratando de saltar, o de caminar, abriendo la boca como que si el doctor le hubiera dicho que dijera ¡Aaaaa! para verle las amígdalas. Lo agarré de la cola y lo tiré de regreso al agua. ¡Dios mío!, pensé, suficiente tengo con que se haya muerto el finado Salvador, que disfrute de la paz celestial, como para estar además cuidando pescados que se salen del agua. Menos mal que el Marimba estaba dormido, desvelado por haber aullado toda la noche, porque si no quién sabe qué hubiera sido de Macario.

Unos días después, el alboroto fue en el gallinero. No sé ni como, Macario había llegado allí y andaba dando brincos mientras las gallinas corrían en todas direcciones. Lo agarré otra vez de la cola y le grité: ¡Usté es animal de agua, no tiene nada que andar haciendo en el gallinero! Y usté va a creer que me estoy volviendo loca, comadre, pero yo sentí que se enojó y estaba como apretando los dientes de la cólera, y cuando me acerqué al abrevadero se me soltó y se tiró al agua y ni me volteó a ver.

Se estuvo unos días escondido bajo el agua, como avergonzado. Ya no saltaba y no se oía el ¡chuplús! de sus caídas, pero después volvió a las andadas, con la diferencia que ahora se regresaba solo, aprendió a empujarse con la cola y de un salto se metía de regreso al abrevadero cuando me veía venir. Poco a poco pasaba más tiempo en la tierra; yo no sé cómo hacía para respirar pero se salía a dar sus vueltas caminando a brinquitos, como esas inditas que se ponen muy apretado el corte y no pueden ni mover los pies, quedan como sirenas y caminan dando saltitos, pues así caminaba Macario.

Cada vez iba más lejos y un buen día se apareció por el corredor de la casa con sus brinquitos de indita. Por poquito se lo come el Marimba porque Macario se acercó mucho a su plato. Por suerte yo andaba con la escoba en la mano y le dí un par de macanazos al Marimba, que desde entonces quedó como torcido y con la trompa para abajo, ya no escribe cosas en el aire cuando olfatea, ahora parece que hiciera dibujos en el suelo. El Marimba no volvió a ser el mismo. Andaba todo el tiempo como resentido y celoso, pobre, y Macario empezó a pasar más tiempo en la casa. A veces lo miraba dando brinquitos, a veces me lo encontraba dormido en la alfombra o en los sillones, y el Marimba le gruñía y le pelaba los dientes, pero nunca lo atacó otra vez. Yo hasta le agarré cariño a Macario y me hacía falta verlo cuando andaba de visita por el corral o por el gallinero.

Y un buen día se me ocurrió ir a pescar de nuevo. Me fui montada en el Alacrán, Macario iba delante dando brinquitos, y el Marimba venia detrás gruñendo y haciendo dibujos en el piso con la nariz. Cuando llegamos a la poza cambié de idea. Imagínese qué iba a pensar Macario al verme torturando y matando pescados, así que pensé que, como el agua de la poza seguía bien limpia, mejor nos íbamos a bañar. Dejamos al Alacrán amarrado a un palo, cuidando las cosas y la ropa, y nos pusimos en la orilla listos para tirarnos al agua, Macario a mi derecha y el Marimba a mi izquierda. ¡Uno, dos, y treeees!, nos tiramos al agua y se oyó un sólo ¡chuplús!.

Y ahora estoy triste, tristísima, peor que cuando enterramos al finado Salvador, que el Señor lo esté alimentando en el banquete divino.

Macario se ahogó.

martes, 10 de junio de 2008

Crónicas de Copán: La Ciudad de 18-Conejo


La última fecha grabada en Copán corresponde al año 822. Más de mil años de abandono han deteriorado la ciudad, pero todavía se le nota la grandeza. Uno trata de imaginarse cómo eran los templos antes de que los árboles los rajaran con sus raíces; se pregunta qué se oía cuando la plaza se llenaba de gente, de qué hablaban, a qué olía todo aquello. ¿En qué momento los habitantes de Copán comprendieron que todo estaba perdido y se largaron? ¿Para dónde se fueron y porqué? Talvez todo esto estaba escrito en los códices que quemó aquel cura loco, Fray Diego de Landa, talvez no. Ahora lo que queda es la piedra, los huesos, y los descendientes humillados y desgastados por cinco siglos de colonización, los "inditos" de ahora, muy poco parecidos a los grandes reyes que aparecen retratados en las estelas. ¿Sabrán cosas que hasta los más destacados arqueólogos del mundo maya ignoran?

Décadas de estudio han producido algunas respuestas, acumuladas en libros, revistas, y otros medios que nosotros, que ni siquiera habíamos leído la Guía para el Joven Visitante de la señora de Agurcia [1], desconocemos. Nuestra única esperanza de salir de las dudas era, en ese momento, Don Chepe León.

Don Chepe empezó por mostrarnos los estragos que los árboles hicieron a las estructuras, y nos contó que hace casi dos siglos John Lloyd Stephens compró el sitio arqueológico por $ 50.00 (parece que el precio era $ 49.95, pero no había monedas para darle el vuelto), y cómo diversas instituciones como el Museo Peabody (Harvard), la Institución Carnegie y la Universidad de Pennsylvania enviaron a sus Indiana Jones a buscar y "rescatar" cuanta cosa tuviera algún valor arqueológico. Pero a pesar de eso han hecho un buen trabajo de estudio y restauración, algo que quizá nosotros nunca hubiéramos empezado.

Después fuimos a la Acrópolis, vimos al rey mono y el altar Q, donde están representados los 16 gobernantes, o reyes, de la dinastía copaneca, desde el K'inich Yax K'uk' Mo' hasta Yax Pasaj Chan Yoaat que fue el que mandó a hacer el adornito allá por el año 775, pasando por el célebre Waxaclahun Ub'ah K'awil (18-Conejo, el 13avo gobernante). Como por más que Dante Liano trató de enseñarnos, nunca aprendimos a pronunciar esas letras con apóstrofe, que se dicen como "para adentro", mejor usamos los nombres traducidos que son más fáciles y divertidos, como "Humo Jaguar", el papá de 18-Conejo, "Humo Mono", "Humo Caracol", "Cabeza de Petate", "Madrugada", etc.

Siempre estuvimos interesadísimos oyendo las explicaciones, aunque por momentos alguna belleza natural distrajo la atención de los muchachos, que dejaron a Don Chepe hablando solo. Fue sólo un instante, de verdad...

Vimos desde lejos un sector al que llaman "El Cementerio", porque parece que allí encontraron un montón de esqueletos, pero ahora se sabe que era la residencia de Yax Pasaj, su familia y sus allegados. Entre otras cosas, encontraron muchos residuos (basura, pues), y aunque aquí se diga que se ha visto muertos acarrear basura, lo cierto es que son los vivos los que la producen. Por eso sabemos esa gente no sólo fue enterrada, sino que vivió allí.

Después vino la parte dura: las gradas para subir primero al patio oriental, que es de lo más intersante porque está rodeado por los templos 22, 18 y 16 (que es el que está encima del templo Rosalila), el trono-jaguar, el jaguar danzante, el Dios Sol y la Casa del Pueblo (Popol Nah) que tiene una fachada con aspecto de petate. Ya para enconces andábamos un poco dispersos: los aplicados se habían adelantado con Don Chepe, y los de atrás mostraban una marcada tendencia a quedarse sentados entre los colmillos de la serpiente gigante del templo 22, tomando el antídoto donado por el misterioso hombre del sombrero por si los picaba el animal. Además necesitábamos renovar las fuerzas y el valor para subir al templo 11, el más alto de Copán.

El premio por subir es una vista espectacular del patio central, donde están el juego de pelota, la escalinata de los geroglíficos, y el conjunto de estelas que Linda Schele llamó "El Bosque de Reyes". Al bajar al patio central nos encontramos a los aplicados sentados bajo un árbol. No por cansancio, sino porque nos estaban esperando para que siguiéramos el tour juntos.


Vimos la escalinata de los jeroglíficos, obra del 15avo gobernante, a la que desafortunadamente le falta una grada que se la llevo alguno del los Indiana Jones, y tiene otro montón de gradas en desorden. Nos contó Don Chepe que hay un grupo de arqueólogos tratando de reorganizar la escalinata, a ver si lo logran antes de que se borre, porque aunque le pusieron un toldo verde para protegerla de la lluvia, el tal toldo funciona como túnel de viento y ahora es el viento el que está arruinando las gradas.

Muchas de las estelas del "bosque de reyes" fueron hechas durante el gobierno de Humo Jaguar y, sobre todo, el de su hijo 18-Conejo [2]. Camino al tal bosque nos sentamos otro ratito; ya teníamos un par de horas en esta ciudad, el Sol estaba en lo alto, y los años no pasan en vano... y como ya estábamos en confianza, nos pusimos a preguntarle a Don Chepe sobre su vida. Resulta que tiene 27 hijos: 5 antes de casarse, 20 en el primer matrimonio, y 2 en el segundo, y dijo que él "todavía...", así que concluimos que es más conejo que 18-Conejo y que bien podría llamarse 27-Conejo.

Uno podría pasar más tiempo viendo los detalles de las estelas; la escultura es muy buena, y si hubiéramos visto a tiempo el DVD que mandó el Tio Laga, quizá hubiéramos tenido una idea más clara de cómo es que se leen las fechas y otro montón de cosas en esas grandes piedras labradas, que por cierto en maya se llaman "tetuntes". Don Chepe nos mostró con la pluma de guacamaya de la punta de una caña que le sirve como señalador un glifo donde se ven claramente tres rayas y tres puntitos (18) y la cabeza de un animal no muy amigable que, dicen, es un conejo, para que nos convenciéramos de que todo eso tiene significado. Claro que estamos convencidos, pero en este asunto de los glifos somos analfabetos ¿o "aglíficos"?. Además, ya estábamos cansados, así que emprendimos el retorno al siglo XXI, llevando en nuestras cabezas el pensamiento de Ricardo Agurcia [3]
En mi mente, Copán es una simfonía de piedras y de árboles, grises y verdes, cuadrados y redondos. Sus suntuosas plazas y elegantes edificios crean espacios que proyectan armonía y que traen a la mente paz y tranquilidad. Este es un lugar donde convergen el espíritu y la ciencia con primorosa majestuosidad.

Ricardo Agurcia Fasquelle

Referencias
[1] Agurcia, María Amalia de, COPÁN: Una Breve Historia y Guía para el Joven Visitante, Ed. Transamérica, Honduras, 2001.
[2] Agurcia, R. & Fash, W., Historia Escrita en Piedra, Guía al Parque Arqueológico de las Ruinas de Copán, 4a. edición, Centro Editorial SRL, San Pedro Sula, 2005.
[3] Agurcia, R., Copán, Reino del Sol, Ed. Transamérica, Honduras, 2007.

Crónicas de Copán: La Llegada al Parque Arqueológico



No crean que vinimos sólo a beber, de ninguna manera. Copán es un sitio importantísimo dentro del mundo maya, y aunque no tiene estructuras colosales como las de Tikal, sus esculturas, estelas y detalles arquitectónicos son de mejor calidad que las de muchas ciudades mayas. Es una lástima que muchos guatemaltecos no vengan, o sólo pasen de largo cuando van de parranda a Roatán. Pero nosotros no somos de esos. El sábado 24 de mayo, fecha en la que los alumnos salesianos celebran "la flor", visitamos el parque arqueológico y los museos.

El plan era llegar temprano para evitar el sol de mediodía, pero estábamos de vacaciones como latinos, no como alemanes: nada de relojes despertadores ni horarios rígidos. Nos levantamos cuando el cuerpo lo pidió, aunque a más de alguno sí hubo que sabanearlo para que no nos cayera la noche metidos en el hotel. Durante el desayuno, los muchachos descubrieron que el tiempo en Copán transcurre más despacio que en las grandes ciudades. Aquí las cosas suceden cuando suceden, no antes ni después. Parte de las vacaciones consistió en olvidar por unos días la muy moderna neurosis del segundero y acoplarse a la parsimonia copaneca, tomarse el café con calma, bien platicado, y hacer una buena sobremesa.

A la hora de salir faltaba gente. Los muchachos habían descubierto una tienda duty free donde el güisqui salía barato. Andaban reabasteciendo la reserva, y comprando un poco más para llevar de recuerdo a Guatemala. Cuando nosotros pasamos por la tienda, ya no había güisqui del bueno. Nos dijeron que un señor con un sombrero que le daba aspecto de clavo de lámina se lo había llevado todo. Pero como uno no le pide a Dios que le dé, sino que lo ponga donde hay, no tuvimos que pasar sed, gracias a la generosidad del misterioso hombre del sombrero.

Llegamos al parque arqueológico a media mañana. Contratamos como guía a Don Chepe León. Según René Viel, un arqueólogo francés con quien nos encontramos al entrar, Don Chepe nos iba a contar las más originales fantasías sobre la historia de los mayas. Ciertamente lo que nos contó Don Chepe estuvo ameno, lo que no sabemos es si es verdad. Algo aprendimos de nuestro guía, quien por razones de las que les hablaré más adelante merecería llamarse "27-Conejo", parecido al célebre "18-Conejo", treceavo gobernante en la dinastía de Copán. Don Chepe sabía, por ejemplo, que el fundador de la dinastía copaneca, el Kinich Ahau Yax K'uk Mo, nació en Tikal, pero no sabía --y con eso me puse yo a presumir-- que eso lo averiguaron unos físicos, analizando el contenido de un isótopo de estroncio en el esmalte de un diente de Yax K'uk Mo [1], que apareció en la portada de Physics Today en enero de 2004. Yo por eso le digo a mis hijos que se laven bien los dientes, no sea que dentro de unos cuantos miles de años los saquen en la portada de alguna revista.

Poco antes del mediodía nos metimos en esa especie de túnel del tiempo que es la calzada que conduce a las ruinas de Copán. Retrocedimos hasta la época de oro de Copán, allá por el siglo VIII. Lo malo fue que este proceso no nos rejuveneció, lo bueno que tampoco le quitó el añejamiento al güisqui.

Referencias
[1]Day, C., Physics Today 57(1), 20, 2004.

lunes, 9 de junio de 2008

Crónicas de Copán: el Primer Día



Hace un par de semanas, días más días menos, visitamos las ruinas de Copán con algunos amigos. Paseamos un poco por el pueblo, que es pequeño pero encantador, fuimos al parque arqueológico y a los museos, comimos y bebimos, nos pusimos malos y volvimos a ponernos buenos, platicamos y reímos, todo eso en sólo un par de días. Nadie puede decir que perdimos el tiempo.

El Chino Zamboni organizó las cosas en Guatemala, y el viernes 23 de mayo, poco después del mediodía, llegaron a Copán el Rana, el Chaly, el Marciano, el Mudo, el Bigotes, el Q-lón, el Pichi, el Chino, el General Pérez y el chafa Godoy en un bus con aire acondicionado y hielera extra large. Yo, que viajé desde Tegucigalpa, llegué por la tarde, cuando ya los muchachos venían de regreso de las Carninas Nía Lola, y antes de tomar posesión de mi cuarto ya me habían servido un buen trago y no tardaron en aparecer sobre la mesa los restos de los chicharrones y las carnitas que también vineron en el bus. Allí, a la orilla de algo que no se sabe si es una piscina subdesarrolada o un jacuzzi sobrealimentado, pasamos las primeras horas de nuestro encuentro. ¿Cómo contar aquí la enorme alegría que sentí al ver a estos viejos amigos? No lo sé, pero créanme que me sentí feliz.

Nos tomamos unos buenos tragos de güisqui, ron blanco y ron canche mientras nos poníamos al día. A mí no me gusta beber en esos vasitos deshechables de plástico, blancos, por muchas razones: se produce mucha basura, porque la gente tiende a estrenar vaso cada vez que se les termina el trago o que lo dejan abandonado por allí sin poder reconocerlo después. Además, a mí me gustan los tragos en vaso grande, con mucho hielo, no en esos vasos microscópicos en los que si cabe el hielo no cabe el guaro, y si cabe el guaro no cabe el mezclador. Y para colmo, esos vasos huelen mal, no dejan que se mire el trago ni producen el ¡tilín! de las copas al chocar, con lo que se excluyen tres sentidos, la vista, el olfato y el oído, del placer de beber. Intolerable. Pero tampoco vamos a dejar de beber por esos detalles.

Por la noche salimos a buscar comida y fuimos a dar a la periferia de Copán Ruinas, la "zona roja" que concentra, afortunadamente lejos del centro, la bulla discotequera y el chupa-turismo de los viajeros que, vayan a donde vayan, hacen lo mismo que harían a unas cuadras de su casa: buscar el ruido y el relajo, o producirlos. Cuando el cansancio del viaje y los leves excesos en la comida y la bebida empezaron a hacer mella, nos fuimos a dormir. Ni siquiera intentamos ver la documental, sobre cómo se descifraron los glifos mayas, que Mario Blanco nos mandó desde California.

jueves, 5 de junio de 2008

El Gigante Verde

No sé ni cuándo ni cómo terminé inscrito en un servicio de internet que se llama Tickle, ni estoy muy seguro de qué se trata exactamente, y menos de qué viven. Lo cierto es que cada cierto tiempo le mandan a uno baterías de preguntas que, se supone, sirven para saber si uno está contento con su trabajo, si es racista, si tiene estabilidad emocional, etc.

Esta semana mandaron uno para medir el "IQ verde" de las personas, lo que podríamos llamar su inteligencia ecológica, el conjunto de conocimientos, destrezas y actitudes que habilitaría a una persona para reducir su impacto ecológico y ser más amigable con el ambiente y, por tanto, con los congéneres.

Y el resultado fue que soy un "Gigante Verde", pero no como Hulk, sino como el de las latas de arvejas, espárragos, maíces dulces o verduras mixtas. De acuerdo al cuestionario, tengo una inteligencia ecológica bien desarrollada. Esto tiene toda una serie de implicaciones:

Primera, le da un empujón a mi autoestima, porque siento que de alguna manera "me puse al día" puesto que ni yo ni mis coetáneos fuimos educados con mentalidad ambientalista, ecologista, ni nada que se le parezca. Nuestra relación con la naturaleza estaba definida por las siguientes
Reglas para relacionarse con su entorno natural
  1. Si se topa con un animal pequeño e inofensivo, como una cucaracha o una lagartija, mátelo.
  2. Si se topa con un animal grande y/o peligroso, como un león, una culebra venenosa, un sapo lechoso o un gusano de calentura, no lo toque (pero, si puede, mátelo.)
  3. Si se topa con cualquier otra cosa dentro de la naturaleza, haga lo que se le dé la gana. El hombre es el rey de la creación.
Estábamos convencidos de que los pájaros, las ardillas, los micos, las lagartijas, y cualquier otro animal que anduviera por el aire, los árboles, el suelo, o debajo de él, había sido creado para que nosotros lo apedreáramos, y si yo no maté nunca un animal con la honda no fue porque me faltaran ganas, sino porque me faltó puntería. Mi status de gigante verde significa que he superado esta mentalidad. Ya no pienso, como mucha de la gente que conozco, que los animales, las plantas y el ambiente son "sacrificables" en aras de un supuesto "progreso" consistente en urbanizar y pavimentar el mundo, erradicar cualquier ser vivo que ose andar por los alrededores (excepto los hijos y las mascotas, tan lindos), y vivir entre metales, vidrios y cosas electrónicas.

Segunda, me preocupa no saber qué es lo que tiene que hacer un gigante verde para justificar semejante status. Uno ve que los activistas de Green Peace hacen cosas verdaderamente temerarias, como encadenarse a las hélices de los barcos destinados a botar basura en el Golfo de Cádiz, volar en globo sobre los sitios en los que se sospecha que gobiernos ecológicamente malcriados --como el de Francia-- pretenden realizar pruebas nucleares, o meterse entre los balleneros japoneses y las ballenas en minúsculas balsas para estorbar la cacería de los cetáceos. Pero yo no puedo hacer eso, sobre todo lo último, porque quién sabe si la balsa me aguantaría, y además podrían confundirme con la ballena y hacer un tiro directo. Yo estoy registrado en Green Peace como un humilde ciberactivista, alguien que gasta sus ojos y sus neuronas frente al computador distribuyendo información importante en vez de re-enviar a ciegas empalagosas presentaciones de powerpoint con pajaritos y atardeceres, que primero te desean lo mejor y después te amenazan feamente y te dicen que si no le mandás el mensaje a no se cuántas personas en los próximos 10 segundos, se te va a morir la mascota o se te van a caer los dientes o te va a pasar alguna cosa horrenda. Pero yo no sé si ser ciberactivista es suficiente para ser todo un gigante verde.

Y tercera, que necesito saber si hay otros gigantes verdes por los alrededores, para ponernos de acuerdo y emprender alguna acción concreta, que haga un cambio importante para mejorar, o por lo menos no empeorar, el ambiente en el que vivimos. Si ven alguno, por favor me avisan...

domingo, 1 de junio de 2008

José Fernando Velásquez Carrera, In Memoriam

A Fernando Velásquez Carrera,
que pensaba demasiado...

Desperté sin creerlo. Me dijeron que habías muerto, pero quise creer que todo fue sólo un mal sueño. La noticia estaba allí, pero quise creer que era un engaño, un juego, una broma, un malentendido... y que cuando todo se aclarara íbamos a reírnos del asunto.

Y no quiero creer que todo se haya derrumbado, que ahora sos nada más un recuerdo. No quiero ir a buscarte para platicar con una lápida, una piedra, la nada, el vacío. No quiero llorar por vos, porque no quiero que estés muerto.

Sin embargo, poco a poco, he ido comprendiendo. Aún no he visto tu casa vacía, tu guitarra huérfana, tus anteojos puestos por allí, olvidados para siempre sobre el cerro de libros que ya no vas a leer, ni quiero creer que eso sea lo único que queda de tu alegría. Pero los amigos me aseguran que es cierto.

Te dolía demasiado la vida. Eran una misma cosa, la vida y el dolor. No pudiste separarlas, y ahora que te has ido, nos dejaste el dolor, pero también nos dejaste la vida. Oigo las zambas que tanto te gustaban y revivo las alegrías y las tristezas de los momentos compartidos. Y quisiera poder cantarte, como en aquella zamba:

No sé si ya lo sabrás: Lloré cuando vos te fuiste...
Pero yo no sé cantar como vos lo hacías. ¡Cómo me vas a hacer falta, querido amigo!

Siento la fuerza con la que tocabas la guitarra y te imagino ahora tocando y cantando con las personas que amabas, más allá de la muerte, más allá de la vida, más allá del dolor.

Tal vez algún día este país ingrato se entere de lo mucho que lo quisiste y de lo mucho que hemos perdido. Tal vez los que nunca notaron tu presencia puedan notar tu ausencia, ahora que esas cosas ya no te importan.

Tal vez algún día nos encontremos de nuevo. Descansá, mientras tanto, porque vamos a tener mucho de que platicar.

jueves, 29 de mayo de 2008

Un Poema de Roque Dalton

Yo no leo muchos poemas. Waldina es la poeta de la casa. Sí, la poeta; ahora ya no se les puede llamar "poetisas" como antes, porque dicen que usar este término, que es como una declinación de "poeta" implica reconocer la superioridad de los varones. Ahora hay que ser cuidadosísimo con lo que se dice y lo que se escribe, no lo vayan a acusar a uno de machista por no poner cosas como "las compañeras y los compañeros". Hasta he estado tentado de decirle a mis estudiantes que nosotros estudiamos las leyes y los leyos de la naturaleza y el naturalezo, no vaya a ser que esta vez me acusen de hembrista.

Por cierto, para los que insisten en escribir "el hombre y la mujer", les cuento la palabra "hombre" no tiene género, por lo menos según el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua.



Pero lo que yo les quería contar es que, aunque yo no soy poetiso, tengo mi corazoncito y mi sensibilidad, a veces ocultos muy en lo profundo porque, al fin y al cabo, los machos no lloran y si uno se pone muy encaramelado con la poesía alguien puede pensar mal, y de vez en cuando me emociono hasta las lágrimas y no sería raro que con el tiempo me convietiera en un viejo llorón, aunque a estas alturas parece más probable que me convierta en un viejo gruñón.

Ya me salí del tema otra vez. Ahora sí: hay un poema de Roque Dalton que me gusta mucho. Nunca he sabido cuál es el título, aunque sospecho que podría ser "Cuando Sepas que he Muerto". Alguien le puso música, y me parece que la cantaba Eugenia León. Aquí les va el poema, y si algún día encuentro la versión cantada en alguno de los cassettes de aquellos tiempos, les cuento.


Cuando sepas que he muerto no pronuncies mi nombre
porque se detendrían la muerte y el reposo.

Tu voz, que es la campana de los cinco sentidos
sería el tenue faro buscado por mi niebla.

Cuando sepas que he muerto dí sílabas extrañas
pronuncia flor, abeja, lágrima, pan, tormenta.

No dejes que tus labios hallen mis once letras
tengo sueño, he amado, he ganado el silencio.

No pronuncies mi nombre cuando sepas que he muerto
desde la oscura tierra vendría por tu voz.

No pronuncies mi nombre, no pronuncies mi nombre,
cuando sepas que he muerto no pronuncies mi nombre.