lunes, 23 de junio de 2008

Crónicas de Copán: El Retorno


A lo largo de la sacbé (calzada) que conduce al museo perdimos el contacto con la antigua ciudad maya. Entramos al museo a través de un túnel oscuro y húmedo, como los que seguramente tuvieron que recorrer Hunahpú e Xbalanqué cuando fueron a jugar pelota a Xibalbá [1]. En el museo todo es diferente: uno sabe que está en el siglo XXI, y que las piezas arqueológicas que está contemplando son reliquias de un pasado lejano, pero ya no tienen contacto con el suelo y con la historia: fueron arrancadas y desarraigadas del lugar en el que, quizá, su creador pensó que se quedarían para siempre. Uno se siente ajeno, intruso. Es la maldición de Indiana Jones: llevarse esas piezas y querer sacar de ellas la historia de todo un pueblo es como llevar un grifo al desierto, y esperar que salga agua al abrirlo.

En el museo hay cosas espectaculares, empezando por la réplica en tamaño natural del templo Rosalila. Aquí sí se ve bien, y hasta se puede meter uno; el de verdad está como escondido bajo el templo 16, uno entra por un túnel y al final tiene que pegar la nariz a un vidrio, como niño pobre en navidad, para medio ver un pedazo de la fachada del templo, porque lo tienen "encapsulado". Nada de tocar ni mucho menos de llevarse algún souvenir. Además del Rosalila, lo que más me llama la atención son los frontispicios y esculturas de murciélagos, guacamayas y otros animales, que van desde un naturalismo impresionante en el caso del pájaro que está comiendo pescado, sentado en la cabeza de ese dios bizco (creo que es el del Sol), hasta la representación estilizada de las guacamayas, pasando por los murciélagos con sus narices de hoja, tremendos colmillos, y generosos testículos. Ya antes habíamos visto jaguares y serpientes muy bien trabajados. Buenos escultores, que seguramente conocían en detalle la anatomía de sus modelos. Nunca he sabido cuánta zoología conocían los mayas, pero algo sabían para meter esos detalles en sus esculturas.

Para salir del museo ya no hay que atravesar el túnel. En la salida compré unas muñequitas de tuza a unas niñas chortís. Son descendientes de los mayas y malviven en los alrededores. Me han dicho que ya ni siquiera hablan chortí. Definitivamente habíamos vuelto al siglo XXI.

Ya de vuelta, y con hambre, hicimos acto de presencia en un restaurante tipo jardín que se llama "Vamos a Ver" o algo por el estilo. Buena comida y buen ambiente, y con vasos de vidrio, un tanto pequeños para mis estándares, pero mucho mejores que los despreciables vasitos deshechables. A mas de alguno se le fue la vista y la imaginación detrás de la estrella tatuada en la espalda de la mesera (allí entendimos eso de "vamos a ver"), pero sólo un ratito: ahora nos concentrábamos en la comida y en la bebida casi con el mismo interés con el que habíamos seguido la charla de Don Chepe por la mañana. Después de ver tanta piedra reseca, sentí con el primer trago que el mismísimo Dios, vestido de terciopelo, descendía por mi garganta.

Paseamos un poco. El Chino, siempre atento, aportó su granito de arena a la comunidad ayudando en la elaboración de un rótulo a unas pobres muchachas que no hallaban cómo hacerlo. Venía inspirado de las ruinas y hubiera sido capaz de tallar una estela, pero se limitó a escribir en una pizarra algo que será considerado un glifo misterioso por los arqueólogos dentro de unos 20 siglos, pero por ahora es un simple menú. Las muchachas estaban agradecidísimas. No sé en qué momento apareció Robertío, "El Rostro", con su primo. Venían de Roatán y me dió mucho gusto verlos, lástima que se perdieron la visita al parque arqueológico y las lecciones de Don Chepe.

Por la noche sólo me comí un sanguchito de pollo. Andábamos empanzados, como cautelosos, tratando de no hacer movimientos bruscos, parsimoniosos como monseñores, con la vaga sensación de que cualquier cambio de postura podría dar origen a desagradables y bochornosas flatulencias. De tal miseria nos sacó el Chaly, con unas pastillitas amarillas que describió como "gastrocinéticos" o "aceleradores gástricos" o algo así [2]. Hay que preguntarle a él. Resuelto el problema, dimos una vueltecita por el parque y dormimos como angelitos.

El domingo desayunamos güsqui. Sólo un poquito. Estábamos desayunando en el restaurante del hotel, ya habituados al lento correr del tiempo en las tierras copanecas, cuando alguien apareció con una botella diciendo que no había porqué seguir rutinas de mulas de ranchería, si era domingo y no trabajaríamos hasta el lunes, y además teníamos que despedirnos de Copán con el debido respeto. Ante tan contundentes argumentos, me eché "el del estribo" antes de iniciar el retorno a Tegucigalpa, a mi casa, mi familia y mi vida. Y aquí estoy, terminando estas crónicas y con muchas ganas de hacer otro viajecito, aunque sea a la misma ciudad y con la misma gente.

Referencias /Créditos
[1] POPOL VUH, versión de Fray Francisco Ximénez, 3a. edición, Editorial Artemis-Edinter, Guatemala, 2007.
Portade del Popol Vuh: Las Aventuras de Hunahpú e Ixbalanqué. Tinta de Roberto Cabrera Padilla (1981)
[2] Las pastillitas amarillas fueron cortesía de Donovan Werke.