viernes, 6 de marzo de 2009

...y tiritan, azules, los astros, a lo lejos...

A finales de enero anduve por San Salvador, invitado por ASTRO, la asociación salvadoreña de astronomía, a participar en el lanzamiento del año internacional de la astronomía. Bien organizado el evento, y como de costumbre, los guanacos nos trataron a cuerpo de rey.

Riccardo Giovanelli dio una interesante plática a la que tituló "Y tiritan, azules, los astros, a lo lejos...", tomando prestado un verso del Poema 20. De allí me nació la idea de escribir estas divagaciones.

Divagaciones sobre el Poema 20 y la Astronomía:
I. La noche está estrellada.


En nuestos días la observación astronómica hace uso de sofisticados instrumentos que, en forma automática, generan Terabytes y más Terabytes de datos en los que los astrofísicos buscan ansiosamente respuesta a las innumerables preguntas que ha generado el interés humano por conocer la realidad externa, el Universo.

Pero no siempre fue así. La astronomía es una ciencia muy vieja, y durante la mayor parte de su historia las observaciones se hicieron "a ojo pelón", y así se descubrieron cosas como los planetas Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno, la supernova SN1054 que los chinos observaron allá por el año 1054 d.C., las magnitudes estelares que se inventó Hiparco (quien también descubrió la precesión de los equinoccios) y el movimiento de los astros en general, incluyendo el de los planetas.

Las primeras observaciones usando un telescopio, hechas por Galileo Galilei hace 400 años, y las que se han venido haciendo desde entonces con instrumentos cada vez más precisos y de mayor alcance, han revelado un universo que ninguno de los filósofos, artistas o científicos anteriores al siglo XVII había imaginado ni en sus más eufóricas y descabelladas fantasías. De eso les hablaré en otra ocasión. Hoy quiero platicarles sobre cómo las observaciones hechas a ojo pelón, hasta aquellas que parecen triviales, tienen profundas consecuencias sobre lo que sabemos y lo que ignoramos del universo que, como reza el lema del año internacional de la astronomía, que se celebra este año, "es tuyo, para descubrirlo".

Tomemos, por ejemplo, algunos versos del famosísimo Poema 20, de Pablo Neruda:

Escribir, por ejemplo: "la noche está estrellada
y tiritan azules, los astros, a lo lejos"...

La noche está estrellada

Elemental, mi querido Watson: de día, la luz del Sol es tan intensa que no deja ver ningún otro astro, excepto la Luna. Pero de noche, cuando llega la oscuridad que produce tantos temores a los espíritus débiles que temen la aparición de los íncubos y los súcubos, podemos ver las estrellas contra el fondo oscuro del cielo nocturno.

Allá por 1823, Wilhelm Olbers se preguntó porqué, habiendo tantas estrellas, muchas de ellas más brillantes que el mismo Sol, el cielo nocturno es oscuro. Imaginó el universo como un "bosque de estrellas" y concluyó que, de la misma manera que una persona dentro de un bosque suficientemente grande no verá más que el tronco de algún árbole en cualquier dirección, un observador terrestre debería ver la superficie de alguna estrella en cada dirección, es decir, el cielo nocturno debería ser tan brillante como la superficie de una estrella.

Pero el cielo nocturno es oscuro. La simple observación de que "el cielo está estrellado" nos dice que hay algo incorrecto en el razonamiento de Olbers y nos obliga a examinar con más detalle lo que sabemos --o creemos saber-- sobre el universo.

¿Qué tan grande y viejo es el Universo? ¿Desde cuándo hay astros, cuántos son y cómo se distribuyen? Los mitos de creación existentes en muchas culturas y religiones señalan un origen para el universo y el orden en el que se crearon todas las cosas y los seres que contiene, pero en la époco de Olbers el pensamiento científico estaba dominado por la idea de que el universo es infinito, eterno, uniforme e inmutable. Todo estaba basado en la observación y el razonamiento, pilares fundamentales de la ciencia desde los griegos. A fin de cuentas, a excepción de un par de eventos aislados, posiblemente atribuibles a causas locales, no se habían observado cambios en el orden del cielo durante siglos o milenios, ni se había encontrado razones para creer que el universo tuviera un límite, un principio, o un final.

Pero, ya lo dijimos, el cielo nocturno es oscuro. Y no debería ser así en el universo que imaginaban los científicos del siglo XIX. A esta contradicción se le llamó "paradoja de Olbers".

¿Qué hacer? Los científicos son gente decente: buscan las soluciones a los problemas, en lugar de "meter la basura bajo la alfombra" ocultando los hechos. Hubo varios intentos de resolver la paradoja de Olbers, por ejemplo, imaginar nubes oscuras capaces de absorber la luz de astros lejanos y oscurecer el cielo, pero esto no funciona porque una nube que absorbiera energía continuamente durante un tiempo muy largo se calentaría hasta el punto de empezar a emitir luz. También se intentó postular que la luz "se cansa" y pierde su energía al propagarse sobre distancias muy grandes, pero esto no tiene ninguna base experimental. La única salida parece ser abandonar las ideas sobre un universo estático, uniforme, eterno e infninto.

En los modelos cosmológicos modernos, el universo no es eterno: tiene una edad de cerca de 14,000 millones de años, y las galaxias, que son las principales fuentes de la luz que nos llega desde los confines del universo, no han existido siempre. No vemos las galaxias más allá de cierto punto porque la luz no ha tenido tiempo --desde que nació la galaxia-- para llegar hasta nosotros. Así, aunque el universo fuera infinito, sólo vemos una parte de él. Esta es la principal razón por la que el cielo es oscuro. Otro factor, menos importante pero que también pone su granito de arena, es la expansión del universo, que produce pérdidas en la energía de la luz al propagarse; es un efecto conocido como "corrimiento al rojo", parecido al de la luz cansada, con la gran diferencia de que el corrimiento al rojo sí tiene base observacional y experimental.

Lo interesante es que una observación casi trivial, el simple hecho de que "la noche está estrellada", es una fuente de importantes cuestionamientos sobre las propiedades fundamentales del universo, nos obliga a pensar seriamente. La moraleja: aún las observaciones más simples pueden enseñarnos mucho, además de inspirar hermosos poemas. Y todavía nos falta platicar sobre todo lo que podemos aprender al observar que los astros tiritan, que son azules, que están lejos... pero todo esto será contado en otra ocasión.

viernes, 4 de julio de 2008

La lectura, los libros y la locura

El otro día estaba mirando un DVD, cortesía del Tío Laga, sobre los glifos mayas y la forma como los epigrafistas los han descifrado. Es una maravilla la forma como ahora leen las inscripciones de las estelas y de los edificios: de corrido, así como uno lee el periódico. Claro que de vez en cuando uno se confunde o encuentra una palabra que no conoce, pero eso no quiere decir que no entienda la idea general. Pues algo así andan estos epigrafistas. Se han leído la historia como si fuera una novela; seguramente ya conocen los chismes, las intimidades y las vergüenzas de la realeza maya. ¿No es una contradicción que muchos de los descendientes de los mayas no puedan leer ni siguiera esos rótulos que dicen "Guatemala, Tierra de los Mayas"?

Me puse a pensar en lo maravilloso que es poder expresar o entender, a través de unos cuantos garabatos, sentimientos, dolores, ideas, sueños, verdades y mentiras que perduran por años, siglos, milenios.... Uno está tan acostumbrado a eso de leer y escribir que se le olvida que es un privilegio, que la escritura es lo que marca la raya entre la historia y la prehistoria, que hace no mucho tiempo los alfabetas eran minoría.

No me acuerdo exactamente en qué momento aprendí a leer. Debe haber sido por allá por 1962, cuando estaba en la preparatoria de las monjas de la Asunción. Nos pusieron a leer el ridículo libro de Pepe y Polita y la monja nos llamaba uno por uno para que le leyéramos un párrafo. Me lo eché todo, hasta llegar a "Se terminó de imprimir en...", y desde entonces no he parado de leer. Quizá hubiera sido beneficioso que leyera, como los niños cubanos, lo que escribió Martí en "El Libro de Oro" en vez de leer las cacofónicas líneas aquellas de "Pepe tiene un gato. El gato se llama Momo. Momo es el gato de Pepe. Pepe ama a Momo." o cosa por el estilo. Quizá si los autores de literatura infantil entendieran que los niños son simplemente niños, no tontos, se lograría que los pequeños se aficionaran a la lectura. En mi caso, la magia de las letras y de los libros me capturó desde el principio, y no importa que haya entrado al mundo de la lectura por una puerta tan sin gracia como Pepe y Polita. Quizá entre los niños ahora mismo están batallando con la 44a. edición del triste libro haya algunos que se vuelvan lectoescritores, a pesar de todo.

En mi infancia leí "Mis Primeros Conocimientos". Cuando tenía como diez años, el maestrp Tuc mencionó que ningún hombre podría considerarse "culto" si no había leìdo el Quijote, así que me lo leí completo sin entender mucho, decidido a ganarme el status de hombre culto; me encantaron los libros de José Milla y las novelitas de vaqueros que encontraba en la casa. En la adolescencia vi las fotos de la Princess Lea en la revista "La Semana" y soñé con comprar la Play Boy de donde se las habían fusilado para verlas a todo color y con alta resolución, pero nunca llegué a reunir ni el dinero ni el valor para hacerlo. También leí y releí Fanny Hill, un libro entre erótico y pornográfico que alguno de mis hermanos consiguió y que pasó mucho tiempo en el baño, sirviendo de inspiración para nuestras más desaforadas fantasías, hasta que mi madre le dió una hojeada, quizá atraída por el aspecto sobrio e inocente, como de nuevo testamento, que tenía el libro, y lo desapareció para siempre. Después tuvimos que conformarnos con leer María, la famosa novela de Jorge Isaacs, con una heroína pálida y enfermiza que se muere de amor deshojando margaritas, en nada parecida a Fanny, con sus aventuras y placeres prohibidos.

Ni siquiera la comida me ha dado tantos placeres y tanta vida como la lectura. Todo lo que he leído, desde los chistes de Capulina que coleccionaba en mi infancia hasta los libros sobre complicadísimos temas de física que leo ahora, pasando por las historietas de Supehéroes, Tarzán, Chanoc, Condorito y otras peores, los libros obligados en la secundaria, la Biblia y las historias de la vida de Don Bosco, y hasta las Selecciones, me ha servido para enterarme de lo que pasa y ha pasado en el mundo, y desataron en mí ideas, pasiones, miedos, apetitos, sueños, enojos, y tantas otras cosas, que no sabría decir si la mayor parte de mi vida ha transcurrido dentro de los libros o fuera de ellos.

El asunto puede ser peligroso. Cervantes debería ser estudiado por los psiquiatras porque descubrió que uno se puede volver loco por leer libros, no sólo por los traumas sexuales de la infancia. Los profesores de física terminamos creyendo que en verdad existen las cuerdas irrompibles, las poleas sin masa, las superficies sin fricción y los caballos esféricos que habitan en los fantasiosos libros de texto. Los libros lo pueden sacar a uno de la realidad, sí, pero precisamente por eso uno puede imaginar mundos mejores y construir el futuro.

Los paleontólogos todavía andan tratando de averiguar si el Homo sapiens es inteligente porque aprendió a caminar erguido, o aprendió a caminar erguido porque es inteligente. Pero está claro que una cosa tiene que ver con la otra, y que no podríamos ser lo que somos sin despegar las patas y la barriga del suelo. Los libros nos dan alas para volar y despegarnos aún más de la realidad. Para algunos, es algo momentáneo, un viaje que les permite ver más allá y volver para cambiar la realidad. Para otros, es un viaje interminable que los lleva a explorar los rincones de eso que el resto de los mortales llamamos "locura".

Algún día les platicaré de otros libros, de los que he leído varias veces y de los que he dejado a medias, de los tesoros que no cambiaría por nada del mundo y de los que clasificaría como "literatura de inodoro", y del mundo de la lectura adonde iré a dar una vuelta en cuanto termine de escribir este párrafo.




domingo, 29 de junio de 2008

El Árbol de la Vida

En primaria me lo dijeron de la manera más simple: "los seres vivos nacen, crecen, se reproducen, y mueren". Yo, que ya había nacido pero no había crecido, y apenas soñaba con reproducirme algún día sin tener la menor idea de como hacerlo, no pensaba en la muerte como algo que me pudiera suceder a mí o a mis conocidos. Ahora que ya no soy tan joven, he crecido bastante, sobre todo a lo ancho, y descubrí cómo era el asunto de la reproducción, como que sólo me queda uno cosa por hacer...

Pero no me tiemblan las canillas por saber que me puedo morir cualquier día. Más bien me da curiosidad, como me pasaba con lo de la reproducción. Ya sé que me va a suceder, pero no sé cómo entrarle al asunto.

Es cierto que la reproducción es más atractiva que la muerte, pero al principio le tenía miedo: pensar en quedar en pelotas frente a una mujer que no fuera mi mamá sí me daba canillera. Los amigos mayores decían que las mujeres eran exigentes; yo me sentía absolutamente incapaz de igualar las hiperbólicas hazañas que ellos contaban, y siempre salía perdiendo en las comparaciones mentales que hacía cuando los oía hablar de las descomunales proporciones de sus órganos vergonzosos. Tenían más imaginación y elocuencia que habilidad para medir longitudes, pero entonces no lo sabía, y me angustiaba.

Como a todos, me llegó la época de cazar gametos del sexo opuesto (en el envase original, desde luego...). Con o sin miedo, nos pasamos años dedicados a buscar la manera de reproducirnos con el maquiavélico convencimiento de que el fin justifica los medios y que cualquier traición sería perdonada y cualquier sacrificio sería ampliamente compensado. Cuando por fin enfrentamos el reto nos damos cuenta que es un asunto natural, como hacer la digestión, dormir o comer. La sociedad nos exige aprender algunas reglas de urbanidad y buenas maneras, pero el acto mismo "lo tocamos al oído", sin partitura ni metrónomo. El organizador del espectáculo nos dejó listos, y planteó la reproducción como un placer prohibido, y no como una obligación, para estar seguro de que cumpliéramos nuestra parte. Mas de algún alucinado dice que nos reproducimos para participar en algún "gran proyecto" de población del planeta y preservación de la vida, pero yo creo que nadie se reproduce por cumplir con una obligación, sino porque el sexo es un placer y todos venimos equipados para funcionar cuando nos toque.

Me pregunto si con la muerte no será la misma cosa: se empieza por tenerle miedo, se buscan mil y una maneras de "estar preparado", o de sacarle el cuerpo, y se termina por entender que es natural y que, con miedo o sin él, todos estaremos listos para cumplir la tarea cuando llegue el momento, sólo hay que aprender a hacerlo con elegancia.

Lo difícil no es hacer lo que hay que hacer cuando llega la hora, sino el camino que hay que recorrer, los obstáculos que hay que sortear, los miedos que hay que vencer. Describir la vida de un ser humano como un caminito que va en línea más o menos recta desde el nacimiento hasta la muerte es una simplificación grosera que trivializa el proceso y lo priva de su esencia. Algo así como que le cuenten a uno una película diciéndole que primero viene el principio, luego lo de enmedio, y después el final. Nadie puede decir que esto no sea verdad, pero es una verdad trivial, vacía, aburrida. No es la forma como se debe contar la historia de una persona.

El camino desde el nacimiento hasta la muerte es, como el cuento de Borges, "un jardín de senderos que se bifurcan", confuso e inseguro. Desde el principio enfrentamos disyuntivas y tomamos decisiones. A veces somos conscientes, y a veces no, a veces uno toma la decisión, a veces la toman otros, pero de todos modos se toman decisiones y se eliminan cosas irrecuperables. Cada elección significa dejar en el camino las opciones no elegidas; cada decisión significa dejar de hacer muchas cosas. ¿En qué momento decidí no ser un pirata, un ilusionista, un relojero, un criminal o un santo? ¿Cuándo me volví lo suficientemente "maduro" para distinguir entre la realidad y los sueños? ¿De veras ha sucedido esto?

Para un recién nacido todo es posible. El futuro es incierto. Las decisiones que tome --u otros tomen en su lugar-- se encargarán de dividir el futuro en "lo que todavía es posible" y "lo que ya no es posible". Sólo hay una cosa que siempre está entre lo posible: la muerte. Para un viejo, el pasado es incierto y el futuro, seguro.

Uno inicia la vida con el saco de lo posible lleno, y el de lo imposible vacío. La vida consiste en pasar constantemente cosas de un saco al otro, y termina cuando lo único posible es morir. Como en un reloj de arena, los granitos de lo posible van cayendo a la cámara de lo imposible, sin prisas pero sin pausas. Y no se le puede dar vuelta al reloj, aunque a veces sucede que uno de los granitos que, según uno, ya había caído, se aferra tercamente y de alguna manera reaparece entre las cosas posibles cuando ya uno casi la había olvidado, como cuando Florentino Ariza por fin consiguió a Fermina Daza.

Lo interesante no es saber que uno va a llegar a eso, sino la forma como llega. Hay muchas, muchísimas formas de hacerlo. ¿Se puede planear de antemano el mejor camino? No lo creo: ninguna decisión tomada a lo largo del camino es insignificante, casi cualquier cosa puede cambiar el rumbo de una vida, planificada o no. Predecir todos los detalles del futuro es imposible, y quien afirme que puede hacerlo está hablando pajas. Está bien para las películas de ficción. Quizá cuando queden muy pocas cosas posibles y poco tiempo para volverlas imposibles, se pueda adivinar. Aunque entonces eso nos importe un rábano.

Otra cosa que me contaron en la clase de ciencias naturales es que las células se dividen en dos cuando alcanzan cierto tamaño. Cada quien por su lado, nos vemos en Siberia, vida mía, y mientras tanto ninguna de ellas sabe lo que le pasa a la otra. ¿Qué tal si al llegar a una de esas bifurcaciones de la vida nosotros también nos dividiéramos, no física, sino espiritualmente? El espíritu se iría por varios caminos a la vez, como la sangre cuando las arterias se dividen en tubitos, tubititos, tubitititos, tubitititíos cada vez más chiquitos. Todos llevan su poquito de sangre. Quizá nos vamos poniendo viejos y sintiendo cansados porque el espíritu se va dividiendo entre las ramitas, ramititas, ramitititas y ramitititías del árbol de la vida.

Surge entonces la posibilidad de las vidas paralelas, que también la ha alborotado al imaginación a más de alguno, y cosas aún más interesantes porque, a diferencia de las paralelas, que no se cruzan nunca, las ramitas de la vida podrían separarse en un punto y volverse a juntar una o varias veces más adelante. Viviríamos vidas entrelazadas, una maraña de vidas afectándose unas a otras, y uno entonces creyendo recordar cosas de otras ramas o enojado o feliz por algo que ni le ha sucedido, experimentando miedos y odios por cosas que pasaron en otros segmentos de la maraña.

Suena interesante para entender la extraordinaria complejidad de los hombres y de la historia: esquizofrenias, miedos, deja vu, sensaciones de "yo a usted lo conozco" o "siento como si ya hubiera estado aquí"; angustiantes persecusiones enmedio de los sudores fríos de una pesadilla, amaneceres plácidos en los que uno amanece feliz, como agradecido con el mundo sin saber porqué, todo sería consecuencia de cosas que pasan o han pasado en la ramazón de la vida. De repente de eso se trata el asunto del hilo de plata que funciona como una especie de cordón umbilical irrompible, que nos mantiene unidos a la vida de la colectividad muy a pesar de nuestra occidental y cacareada individualidad. Y uno como aguja, metido en la trama y la urdimbre de la vida cruzándose una y otra vez con vidas que son de uno pero no son de uno. Por algo decía mi abuelo Lalo que hay algunos que "no están en lo que están".

El asunto da para más. Por ejemplo, si la vida fuera como un gran sistema circulatorio uno entraría en ella como un vulgar glóbulo rojo, cargado de oxígeno, nutrientes y cosas buenas para ir repartiendo a lo largo del camino de los tubitos y los tubitíos, y recogiendo residuos, tristezas y dolores para volver agobiado al corazón donde lo mandarían a dar una vuelta por los pulmones para limpiarse, oxigenarse y entrar a dar otra vuelta. ¿Es eso la reencarnación? A saber.

Otro día quizá sigla platicando de esto. Hoy ya no, porque un blog es un blog, y no un libro gordo, y porque estoy con la extraña sensación de que alguien podría estar comiéndose mi almuerzo...



lunes, 23 de junio de 2008

Crónicas de Copán: El Retorno


A lo largo de la sacbé (calzada) que conduce al museo perdimos el contacto con la antigua ciudad maya. Entramos al museo a través de un túnel oscuro y húmedo, como los que seguramente tuvieron que recorrer Hunahpú e Xbalanqué cuando fueron a jugar pelota a Xibalbá [1]. En el museo todo es diferente: uno sabe que está en el siglo XXI, y que las piezas arqueológicas que está contemplando son reliquias de un pasado lejano, pero ya no tienen contacto con el suelo y con la historia: fueron arrancadas y desarraigadas del lugar en el que, quizá, su creador pensó que se quedarían para siempre. Uno se siente ajeno, intruso. Es la maldición de Indiana Jones: llevarse esas piezas y querer sacar de ellas la historia de todo un pueblo es como llevar un grifo al desierto, y esperar que salga agua al abrirlo.

En el museo hay cosas espectaculares, empezando por la réplica en tamaño natural del templo Rosalila. Aquí sí se ve bien, y hasta se puede meter uno; el de verdad está como escondido bajo el templo 16, uno entra por un túnel y al final tiene que pegar la nariz a un vidrio, como niño pobre en navidad, para medio ver un pedazo de la fachada del templo, porque lo tienen "encapsulado". Nada de tocar ni mucho menos de llevarse algún souvenir. Además del Rosalila, lo que más me llama la atención son los frontispicios y esculturas de murciélagos, guacamayas y otros animales, que van desde un naturalismo impresionante en el caso del pájaro que está comiendo pescado, sentado en la cabeza de ese dios bizco (creo que es el del Sol), hasta la representación estilizada de las guacamayas, pasando por los murciélagos con sus narices de hoja, tremendos colmillos, y generosos testículos. Ya antes habíamos visto jaguares y serpientes muy bien trabajados. Buenos escultores, que seguramente conocían en detalle la anatomía de sus modelos. Nunca he sabido cuánta zoología conocían los mayas, pero algo sabían para meter esos detalles en sus esculturas.

Para salir del museo ya no hay que atravesar el túnel. En la salida compré unas muñequitas de tuza a unas niñas chortís. Son descendientes de los mayas y malviven en los alrededores. Me han dicho que ya ni siquiera hablan chortí. Definitivamente habíamos vuelto al siglo XXI.

Ya de vuelta, y con hambre, hicimos acto de presencia en un restaurante tipo jardín que se llama "Vamos a Ver" o algo por el estilo. Buena comida y buen ambiente, y con vasos de vidrio, un tanto pequeños para mis estándares, pero mucho mejores que los despreciables vasitos deshechables. A mas de alguno se le fue la vista y la imaginación detrás de la estrella tatuada en la espalda de la mesera (allí entendimos eso de "vamos a ver"), pero sólo un ratito: ahora nos concentrábamos en la comida y en la bebida casi con el mismo interés con el que habíamos seguido la charla de Don Chepe por la mañana. Después de ver tanta piedra reseca, sentí con el primer trago que el mismísimo Dios, vestido de terciopelo, descendía por mi garganta.

Paseamos un poco. El Chino, siempre atento, aportó su granito de arena a la comunidad ayudando en la elaboración de un rótulo a unas pobres muchachas que no hallaban cómo hacerlo. Venía inspirado de las ruinas y hubiera sido capaz de tallar una estela, pero se limitó a escribir en una pizarra algo que será considerado un glifo misterioso por los arqueólogos dentro de unos 20 siglos, pero por ahora es un simple menú. Las muchachas estaban agradecidísimas. No sé en qué momento apareció Robertío, "El Rostro", con su primo. Venían de Roatán y me dió mucho gusto verlos, lástima que se perdieron la visita al parque arqueológico y las lecciones de Don Chepe.

Por la noche sólo me comí un sanguchito de pollo. Andábamos empanzados, como cautelosos, tratando de no hacer movimientos bruscos, parsimoniosos como monseñores, con la vaga sensación de que cualquier cambio de postura podría dar origen a desagradables y bochornosas flatulencias. De tal miseria nos sacó el Chaly, con unas pastillitas amarillas que describió como "gastrocinéticos" o "aceleradores gástricos" o algo así [2]. Hay que preguntarle a él. Resuelto el problema, dimos una vueltecita por el parque y dormimos como angelitos.

El domingo desayunamos güsqui. Sólo un poquito. Estábamos desayunando en el restaurante del hotel, ya habituados al lento correr del tiempo en las tierras copanecas, cuando alguien apareció con una botella diciendo que no había porqué seguir rutinas de mulas de ranchería, si era domingo y no trabajaríamos hasta el lunes, y además teníamos que despedirnos de Copán con el debido respeto. Ante tan contundentes argumentos, me eché "el del estribo" antes de iniciar el retorno a Tegucigalpa, a mi casa, mi familia y mi vida. Y aquí estoy, terminando estas crónicas y con muchas ganas de hacer otro viajecito, aunque sea a la misma ciudad y con la misma gente.

Referencias /Créditos
[1] POPOL VUH, versión de Fray Francisco Ximénez, 3a. edición, Editorial Artemis-Edinter, Guatemala, 2007.
Portade del Popol Vuh: Las Aventuras de Hunahpú e Ixbalanqué. Tinta de Roberto Cabrera Padilla (1981)
[2] Las pastillitas amarillas fueron cortesía de Donovan Werke.

jueves, 19 de junio de 2008

El Destino de Macario

El Oso Guardiola me contó la historia de Macario. La degusté con sorbos de Zacapa Centenario, y pensé que es el tipo de historia que la Nía Nena contaría en sus cartas a su comadre, la Nía Toya. Por eso la transcribo en forma epistolar

Querida Comadre:

Le escribo porque me siento triste. Siempre estoy así desde que mi amado esposo Salvador, que Dios lo tenga en su gloria, me dejó.

Cuando los mozos se van, por la tarde, me quedo sola con el Marimba, un chucho costilludo que siempre andaba con el difunto Salvador, que de Dios goce, y ahora siempre anda conmigo. Algunas veces, por la noche, sale al patio y aúlla con gran sentimiento, ha de ser cierto que los chuchos pueden ver a los difuntos. También están los animales del corral, pero el único que se ve triste es el Alacrán, que era el caballo del finado. Le puso ese nombre porque dijo que así es como los árabes llaman a los caballos finos, sobre todo a los que son negros y brillantes como los alacranes de verdad. Eso fue antes de que viniera aquel maestro de la capital a decirle que el nombre correcto era "Alazán". ¿Se acuerda del maestro? Pobrecito, nunca se supo de él después de la feria. Dicen que era muy bromista, y la gente de aquí no entiende de bromas ni de payasadas. Que Dios lo tenga en su seno, junto a mi Salvador.

Pues una tarde, tratando da ahuyentar la tristeza, me fui a pescar a la poza honda montada en el Alacrán. El Marimba iba delante, moviendo la cola y olfateando, moviendo la cabeza como si estuviera escribiendo algo en el aire con la nariz. Viera qué lástima me dió la pobre lombriz, cómo se retorcía para salvarse del anzuelo, pero al fin la metí y tiré el sedal con su plomo y su corcho, enmedio de la poza, como me enseñó el pobre Salvador, que descanse en paz. Allí estuve un buen rato sin que pasara nada, hasta que sentí un jalón que hasta hundió el corcho; esperé que el sedal se pusiera bien tilinte, y de un sólo tirón saqué sedal, corcho, plomo, anzuelo y pescado.

Era un pescadito chiquito y como transparente, que más que hambre daba lástima. Para qué se va a comer uno un charalito como ese. Lo destrabé del anzuelo y lo iba a tirar a la poza, pero pensé que los otros pescados se iban a burlar de él si lo miraban regresar derrotado, iban a decirle que no servía ni para sopa. Se lo iba a dar al Marimba pero me dió lástima pensar en el pescadito todo masticado por los grandes colmillos del chucho, así que boté el lodo con las lombrices, lavé la cubeta y la llené de agua limpia para llevarme al pescadito a la casa. Ahora el agua de la poza es limpia. Usté, como no ha venido desde hace tanto tiempo culpa del Federico, ese su marido tan antisocial que se consiguió, que sólo pasa encerrado en la casa y ni suiquiera la deja salir a usté, no se dió cuenta cuando pusieron el agua en el pueblo. Ahora la gente ya no viene a bañarse al río y ya no se ven aquellas natas de espuma con mugre que se miraban antes. El agua es limpia y hasta se puede meter una sin miedo a que se le pegue alguna enfermedad.

Al pescadito lo llamé Macario, como mi abuelo. Siempre hay que ponerle nombre a los animalitos que viven con uno, aunque no sean cristianos. Ya cuando viven con uno es como si tuvieran alma, pues, y ni modo que los va a dejar sin bautizar. Lo eché en el abrevadero donde toman agua las vacas, y viera como prosperó. Al poco tiempo ya se oía desde la casa ¡chuplús! cuando saltaba y volvía a caer al agua.

Un día tuve que salir corriendo por un relajo que tenían las vacas en el corral. Macario había caído fuera del abrevadero y estaba retorciéndose en el suelo, como tratando de saltar, o de caminar, abriendo la boca como que si el doctor le hubiera dicho que dijera ¡Aaaaa! para verle las amígdalas. Lo agarré de la cola y lo tiré de regreso al agua. ¡Dios mío!, pensé, suficiente tengo con que se haya muerto el finado Salvador, que disfrute de la paz celestial, como para estar además cuidando pescados que se salen del agua. Menos mal que el Marimba estaba dormido, desvelado por haber aullado toda la noche, porque si no quién sabe qué hubiera sido de Macario.

Unos días después, el alboroto fue en el gallinero. No sé ni como, Macario había llegado allí y andaba dando brincos mientras las gallinas corrían en todas direcciones. Lo agarré otra vez de la cola y le grité: ¡Usté es animal de agua, no tiene nada que andar haciendo en el gallinero! Y usté va a creer que me estoy volviendo loca, comadre, pero yo sentí que se enojó y estaba como apretando los dientes de la cólera, y cuando me acerqué al abrevadero se me soltó y se tiró al agua y ni me volteó a ver.

Se estuvo unos días escondido bajo el agua, como avergonzado. Ya no saltaba y no se oía el ¡chuplús! de sus caídas, pero después volvió a las andadas, con la diferencia que ahora se regresaba solo, aprendió a empujarse con la cola y de un salto se metía de regreso al abrevadero cuando me veía venir. Poco a poco pasaba más tiempo en la tierra; yo no sé cómo hacía para respirar pero se salía a dar sus vueltas caminando a brinquitos, como esas inditas que se ponen muy apretado el corte y no pueden ni mover los pies, quedan como sirenas y caminan dando saltitos, pues así caminaba Macario.

Cada vez iba más lejos y un buen día se apareció por el corredor de la casa con sus brinquitos de indita. Por poquito se lo come el Marimba porque Macario se acercó mucho a su plato. Por suerte yo andaba con la escoba en la mano y le dí un par de macanazos al Marimba, que desde entonces quedó como torcido y con la trompa para abajo, ya no escribe cosas en el aire cuando olfatea, ahora parece que hiciera dibujos en el suelo. El Marimba no volvió a ser el mismo. Andaba todo el tiempo como resentido y celoso, pobre, y Macario empezó a pasar más tiempo en la casa. A veces lo miraba dando brinquitos, a veces me lo encontraba dormido en la alfombra o en los sillones, y el Marimba le gruñía y le pelaba los dientes, pero nunca lo atacó otra vez. Yo hasta le agarré cariño a Macario y me hacía falta verlo cuando andaba de visita por el corral o por el gallinero.

Y un buen día se me ocurrió ir a pescar de nuevo. Me fui montada en el Alacrán, Macario iba delante dando brinquitos, y el Marimba venia detrás gruñendo y haciendo dibujos en el piso con la nariz. Cuando llegamos a la poza cambié de idea. Imagínese qué iba a pensar Macario al verme torturando y matando pescados, así que pensé que, como el agua de la poza seguía bien limpia, mejor nos íbamos a bañar. Dejamos al Alacrán amarrado a un palo, cuidando las cosas y la ropa, y nos pusimos en la orilla listos para tirarnos al agua, Macario a mi derecha y el Marimba a mi izquierda. ¡Uno, dos, y treeees!, nos tiramos al agua y se oyó un sólo ¡chuplús!.

Y ahora estoy triste, tristísima, peor que cuando enterramos al finado Salvador, que el Señor lo esté alimentando en el banquete divino.

Macario se ahogó.

martes, 10 de junio de 2008

Crónicas de Copán: La Ciudad de 18-Conejo


La última fecha grabada en Copán corresponde al año 822. Más de mil años de abandono han deteriorado la ciudad, pero todavía se le nota la grandeza. Uno trata de imaginarse cómo eran los templos antes de que los árboles los rajaran con sus raíces; se pregunta qué se oía cuando la plaza se llenaba de gente, de qué hablaban, a qué olía todo aquello. ¿En qué momento los habitantes de Copán comprendieron que todo estaba perdido y se largaron? ¿Para dónde se fueron y porqué? Talvez todo esto estaba escrito en los códices que quemó aquel cura loco, Fray Diego de Landa, talvez no. Ahora lo que queda es la piedra, los huesos, y los descendientes humillados y desgastados por cinco siglos de colonización, los "inditos" de ahora, muy poco parecidos a los grandes reyes que aparecen retratados en las estelas. ¿Sabrán cosas que hasta los más destacados arqueólogos del mundo maya ignoran?

Décadas de estudio han producido algunas respuestas, acumuladas en libros, revistas, y otros medios que nosotros, que ni siquiera habíamos leído la Guía para el Joven Visitante de la señora de Agurcia [1], desconocemos. Nuestra única esperanza de salir de las dudas era, en ese momento, Don Chepe León.

Don Chepe empezó por mostrarnos los estragos que los árboles hicieron a las estructuras, y nos contó que hace casi dos siglos John Lloyd Stephens compró el sitio arqueológico por $ 50.00 (parece que el precio era $ 49.95, pero no había monedas para darle el vuelto), y cómo diversas instituciones como el Museo Peabody (Harvard), la Institución Carnegie y la Universidad de Pennsylvania enviaron a sus Indiana Jones a buscar y "rescatar" cuanta cosa tuviera algún valor arqueológico. Pero a pesar de eso han hecho un buen trabajo de estudio y restauración, algo que quizá nosotros nunca hubiéramos empezado.

Después fuimos a la Acrópolis, vimos al rey mono y el altar Q, donde están representados los 16 gobernantes, o reyes, de la dinastía copaneca, desde el K'inich Yax K'uk' Mo' hasta Yax Pasaj Chan Yoaat que fue el que mandó a hacer el adornito allá por el año 775, pasando por el célebre Waxaclahun Ub'ah K'awil (18-Conejo, el 13avo gobernante). Como por más que Dante Liano trató de enseñarnos, nunca aprendimos a pronunciar esas letras con apóstrofe, que se dicen como "para adentro", mejor usamos los nombres traducidos que son más fáciles y divertidos, como "Humo Jaguar", el papá de 18-Conejo, "Humo Mono", "Humo Caracol", "Cabeza de Petate", "Madrugada", etc.

Siempre estuvimos interesadísimos oyendo las explicaciones, aunque por momentos alguna belleza natural distrajo la atención de los muchachos, que dejaron a Don Chepe hablando solo. Fue sólo un instante, de verdad...

Vimos desde lejos un sector al que llaman "El Cementerio", porque parece que allí encontraron un montón de esqueletos, pero ahora se sabe que era la residencia de Yax Pasaj, su familia y sus allegados. Entre otras cosas, encontraron muchos residuos (basura, pues), y aunque aquí se diga que se ha visto muertos acarrear basura, lo cierto es que son los vivos los que la producen. Por eso sabemos esa gente no sólo fue enterrada, sino que vivió allí.

Después vino la parte dura: las gradas para subir primero al patio oriental, que es de lo más intersante porque está rodeado por los templos 22, 18 y 16 (que es el que está encima del templo Rosalila), el trono-jaguar, el jaguar danzante, el Dios Sol y la Casa del Pueblo (Popol Nah) que tiene una fachada con aspecto de petate. Ya para enconces andábamos un poco dispersos: los aplicados se habían adelantado con Don Chepe, y los de atrás mostraban una marcada tendencia a quedarse sentados entre los colmillos de la serpiente gigante del templo 22, tomando el antídoto donado por el misterioso hombre del sombrero por si los picaba el animal. Además necesitábamos renovar las fuerzas y el valor para subir al templo 11, el más alto de Copán.

El premio por subir es una vista espectacular del patio central, donde están el juego de pelota, la escalinata de los geroglíficos, y el conjunto de estelas que Linda Schele llamó "El Bosque de Reyes". Al bajar al patio central nos encontramos a los aplicados sentados bajo un árbol. No por cansancio, sino porque nos estaban esperando para que siguiéramos el tour juntos.


Vimos la escalinata de los jeroglíficos, obra del 15avo gobernante, a la que desafortunadamente le falta una grada que se la llevo alguno del los Indiana Jones, y tiene otro montón de gradas en desorden. Nos contó Don Chepe que hay un grupo de arqueólogos tratando de reorganizar la escalinata, a ver si lo logran antes de que se borre, porque aunque le pusieron un toldo verde para protegerla de la lluvia, el tal toldo funciona como túnel de viento y ahora es el viento el que está arruinando las gradas.

Muchas de las estelas del "bosque de reyes" fueron hechas durante el gobierno de Humo Jaguar y, sobre todo, el de su hijo 18-Conejo [2]. Camino al tal bosque nos sentamos otro ratito; ya teníamos un par de horas en esta ciudad, el Sol estaba en lo alto, y los años no pasan en vano... y como ya estábamos en confianza, nos pusimos a preguntarle a Don Chepe sobre su vida. Resulta que tiene 27 hijos: 5 antes de casarse, 20 en el primer matrimonio, y 2 en el segundo, y dijo que él "todavía...", así que concluimos que es más conejo que 18-Conejo y que bien podría llamarse 27-Conejo.

Uno podría pasar más tiempo viendo los detalles de las estelas; la escultura es muy buena, y si hubiéramos visto a tiempo el DVD que mandó el Tio Laga, quizá hubiéramos tenido una idea más clara de cómo es que se leen las fechas y otro montón de cosas en esas grandes piedras labradas, que por cierto en maya se llaman "tetuntes". Don Chepe nos mostró con la pluma de guacamaya de la punta de una caña que le sirve como señalador un glifo donde se ven claramente tres rayas y tres puntitos (18) y la cabeza de un animal no muy amigable que, dicen, es un conejo, para que nos convenciéramos de que todo eso tiene significado. Claro que estamos convencidos, pero en este asunto de los glifos somos analfabetos ¿o "aglíficos"?. Además, ya estábamos cansados, así que emprendimos el retorno al siglo XXI, llevando en nuestras cabezas el pensamiento de Ricardo Agurcia [3]
En mi mente, Copán es una simfonía de piedras y de árboles, grises y verdes, cuadrados y redondos. Sus suntuosas plazas y elegantes edificios crean espacios que proyectan armonía y que traen a la mente paz y tranquilidad. Este es un lugar donde convergen el espíritu y la ciencia con primorosa majestuosidad.

Ricardo Agurcia Fasquelle

Referencias
[1] Agurcia, María Amalia de, COPÁN: Una Breve Historia y Guía para el Joven Visitante, Ed. Transamérica, Honduras, 2001.
[2] Agurcia, R. & Fash, W., Historia Escrita en Piedra, Guía al Parque Arqueológico de las Ruinas de Copán, 4a. edición, Centro Editorial SRL, San Pedro Sula, 2005.
[3] Agurcia, R., Copán, Reino del Sol, Ed. Transamérica, Honduras, 2007.

Crónicas de Copán: La Llegada al Parque Arqueológico



No crean que vinimos sólo a beber, de ninguna manera. Copán es un sitio importantísimo dentro del mundo maya, y aunque no tiene estructuras colosales como las de Tikal, sus esculturas, estelas y detalles arquitectónicos son de mejor calidad que las de muchas ciudades mayas. Es una lástima que muchos guatemaltecos no vengan, o sólo pasen de largo cuando van de parranda a Roatán. Pero nosotros no somos de esos. El sábado 24 de mayo, fecha en la que los alumnos salesianos celebran "la flor", visitamos el parque arqueológico y los museos.

El plan era llegar temprano para evitar el sol de mediodía, pero estábamos de vacaciones como latinos, no como alemanes: nada de relojes despertadores ni horarios rígidos. Nos levantamos cuando el cuerpo lo pidió, aunque a más de alguno sí hubo que sabanearlo para que no nos cayera la noche metidos en el hotel. Durante el desayuno, los muchachos descubrieron que el tiempo en Copán transcurre más despacio que en las grandes ciudades. Aquí las cosas suceden cuando suceden, no antes ni después. Parte de las vacaciones consistió en olvidar por unos días la muy moderna neurosis del segundero y acoplarse a la parsimonia copaneca, tomarse el café con calma, bien platicado, y hacer una buena sobremesa.

A la hora de salir faltaba gente. Los muchachos habían descubierto una tienda duty free donde el güisqui salía barato. Andaban reabasteciendo la reserva, y comprando un poco más para llevar de recuerdo a Guatemala. Cuando nosotros pasamos por la tienda, ya no había güisqui del bueno. Nos dijeron que un señor con un sombrero que le daba aspecto de clavo de lámina se lo había llevado todo. Pero como uno no le pide a Dios que le dé, sino que lo ponga donde hay, no tuvimos que pasar sed, gracias a la generosidad del misterioso hombre del sombrero.

Llegamos al parque arqueológico a media mañana. Contratamos como guía a Don Chepe León. Según René Viel, un arqueólogo francés con quien nos encontramos al entrar, Don Chepe nos iba a contar las más originales fantasías sobre la historia de los mayas. Ciertamente lo que nos contó Don Chepe estuvo ameno, lo que no sabemos es si es verdad. Algo aprendimos de nuestro guía, quien por razones de las que les hablaré más adelante merecería llamarse "27-Conejo", parecido al célebre "18-Conejo", treceavo gobernante en la dinastía de Copán. Don Chepe sabía, por ejemplo, que el fundador de la dinastía copaneca, el Kinich Ahau Yax K'uk Mo, nació en Tikal, pero no sabía --y con eso me puse yo a presumir-- que eso lo averiguaron unos físicos, analizando el contenido de un isótopo de estroncio en el esmalte de un diente de Yax K'uk Mo [1], que apareció en la portada de Physics Today en enero de 2004. Yo por eso le digo a mis hijos que se laven bien los dientes, no sea que dentro de unos cuantos miles de años los saquen en la portada de alguna revista.

Poco antes del mediodía nos metimos en esa especie de túnel del tiempo que es la calzada que conduce a las ruinas de Copán. Retrocedimos hasta la época de oro de Copán, allá por el siglo VIII. Lo malo fue que este proceso no nos rejuveneció, lo bueno que tampoco le quitó el añejamiento al güisqui.

Referencias
[1]Day, C., Physics Today 57(1), 20, 2004.