jueves, 16 de julio de 2009

Aquí no Pasó Nada

Impresiones de un centroamericano
navegando en las honduras de Honduras (2)


Y era el Halach Uinic Emerson, el maestro de las quijadas hundidas que desde algún rincón olvidado disparaba el balaso que mataba a uno de los acompañantes anónimos del cortejo. Pero nadie sabía ésto, maestro, nadie sabía que él, porque desde la distancia y desde la altura del francotirador, ya vas que no se podía saber. Aiá abajo, aiá abajo sólo se veía quiún maestro caía muerto en plena caie...

Arturo Arias (en ITZAM NA)


Aquí estoy, trabajando en mi casa porque la Universidad está cerrada. Seguiré aquí todo el día, porque también la Universidad Pedagógica, donde trabajo por la tarde, fue tomada ayer por uno de los frentes estudiantiles. Habíamos regresado a las labores el lunes pasado, después de dos semanas de suspensión por el golpe de estado que que ha hecho que el mundo entero sepa dónde queda Honduras.

Hace un rato oí que, desde el otro lado del río, en la carretara del sur, como a 1 km de mi casa, un grupo de liberales gritaba el ya desgastado pero todavía efectivo estribillo de "el pueblo, unido, jamás será vencido". La carretera, al igual que la que va al norte y algunas otras, está tomada en repudio por el golpe.

Y además de quedarme aquí todo el día voy a tener que estar aquí toda la noche, porque el toque de queda está nuevamente vigente, después de una breve interrupción para que el mundo supiera que aquí todo está en calma.

Menos mal que no ha pasado nada. Eso es lo que dicen en el canal 8, antes incondicional del presidente Zelaya y ahora incondicional de Mitch-eletti y su combo. También lo dicen los 4 "periódicos grandes", los noticiarios, los niños bien que toman capuccino en alguno de los malls que hacen de la vieja Tegucigalpa una "ciudad moderna", y otras personas que prefieren la solución del avestruz y están dispuestos a creer cualquier cosa con tal de que su pago salga a tiempo y suspendan el toque de queda los fines de semana para poder salir a parrandear.

Por ratos yo también quisiera creer que no ha pasado nada. Pero ¿Qué hacer, si he sido formado para no negar lo hechos, analizar y pensar, no decir mentiras para justificar lo injustificable, no dejarme asustar por el petate del muerto, y no aceptar como "verdad" las retorcidas proposiciones de pícaros que creen que su investidura los autoriza a mentir al servicio de don dinero?

Sigo pensando que ha pasado algo, y que si no reaccionamos va a pasar algo peor.


Nos han dicho que todo tiene explicación, que sólo la gente malpensada y tendenciosa anda buscándole chiches a las culebras y mangas a los chalecos, que lo que tienen que hacer es trabajar para mantener ocupada la cabeza en vez de estar imaginándose cosas. Que nos dejemos de inventos y habladas y que ayudemos a mostrar "la verdad" en vez de andar creyendo lo que dicen esos que ni siquiera han estado en Honduras y ya se inventaron eso del golpe y que, por casualidad, son el resto del mundo.

Yo creo que se me está secando el coco, porque no termino de entender explicaciones tan lógicas como estas:

¿Los apagones? eso es normal aquí, por alguna casualidad el apagón fue general, se inició cuando secuestraron al presidente, y terminó cuando el congreso se aprestaba a aceptar su carta de renuncia (lástima que fuera falsa).

¿El bloqueo de la señal de los noticiarios internacionales? esos son problemas técnicos, las compañías de cable no dan buen mantenimiento a sus equipos, y por otra casualidad dejaron de llegarnos los mismos canales, a la misma hora, en todas las compañías de cable.

¿Las manifestaciones, de los perfumados por un lado y la chusma por el otro? Bueno, la gente tiene que aprovechar cuando sale el Sol, parece que la población por fin ha entendido que el ejercicio es bueno, de paso desarrollan su vocación artística pintando carteles y demuestran que en Honduras no todos somos analfabetas al escribir letreros en las paredes.



¿El cierre del aeropuerto de TGU? Estas pistas necesitan mantenimiento; los camiones estaban en la pista para garantizar que estuviera en buenas condiciones cuando el presidente Zelaya viniera a entregarse a la justicia, lástima que no avisó con anticipación. Si el año pasado lo cerraron sólo porque un avión de TACA se salió de la pista y hubo como cinco muertos, con mayor razón debe cerrarse para evitar el baño de sangre sutilmente ofrecido por el cardenal.

¿El cierre de canales de radio y televisión? Tan llorones, tienen un montón de canales en el cable, ni los miran todos, y ahora se quejan por uno.

¿La detención preventiva de periodistas y caricaturistas? Seguro que se le perdieron a la mujer para hacer alguna picardía y ahora le quieren echar la culpa al gobierno, siempre le echan la culpa al gobierno...


¿Los soldados armados por todos lados? La tropa tiene que salir, si se pasan encerrados en los cuarteles se van a volver haraganes, cómo va a ser malo que salgan a darse un aire; los fusiles se oxidan si no hacen un tirito de vez en cuando, imagínese que no puedan disparar cuando nos invadan los venezolanos...


¿El toque de queda? Para que la gente se acueste temprano, después no se quieren levantar para ir al trabajo o al estudio.

Sólo una de las tantas explicaciones que me han dado parece ser verdad. Me entristece profundamente que venga de un amigo. Por lo menos tiene el mérito de la honestidad:
Creo en la violencia; se logró lo que queríamos, que era detener a Mel para evitar que entregara el país a Chávez. Me importan un pito las leyes, y la constitución se la pueden pasar por el forro. Mel se jodió y Chávez también ¡viva Honduras!
Y porque demasiados "piensan" así, con las tripas y no con los sesos, más por miedo y odio que por algún sentimiento noble, no se ve la luz al final del túnel. Pobre Honduras, pobre...

Talvez hubiera sido mejor que no pasara nada, de verdad, ya no queremos ni las mentiras de unos ni el llanto de los otros. No queremos tener miedo, no tenemos miedo. Sólo queremos vivir...

y decir: aquí no lloró nadie,
aquí sólo queremos ser humanos
comer, reír, enamorarse, vivir,
vivir la vida y no morirla.

Otto René Castillo (1930-1967)



(Todas las fotos fueron tomadas por César Fernando Ponce Mejía)

viernes, 10 de julio de 2009

¿Y Nosotros? en Medio...

Impresiones de un centroamericano
navegando en las honduras de Honduras



Aún en medio de esta guerra
algún niño sonreirá
porque no se puede apagar
con las balas
la alegría de los pueblos.

Pablo Neruda


Hace un par de semanas le escribí a mi cuñada diciéndole que lo que le habían dicho del golpe de estado eran rumores, que el asunto de la reelección de Mel era un mito urbano, que las elecciones estaban listas para fin de año y que Honduras seguiría caminando, quizá con algunos tropiezos pero sin detenerse, en la línea de la democracia.

La realidad se encargó de mostrar mi equivocación. El domingo tempranito sacaron al presidente en chancletas, lo fueron a botar a Costa Rica como quien tira la bolsa de basura en el jardín del vecino, nos quitaron la luz, cerraron el canal del gobierno y las estaciones de radio y TV que podrían decir alguna cosa "impropia" sobre lo que estaba pasando, y comenzaron a desarrollar un show tan espectacular que fue capaz de sacar de los titulares a Michael Jackson y a la gripe porcina.

A las pocas horas volvieron a subir la palanca de la luz para que pudiéramos ver en la tele el vergonzoso acto en el que el Congreso de Honduras, convertido en amo y señor de la situación, aceptó una carta de renuncia del presidente quien, gracias a la velocidad de CNN, desmintió haberla firmado. Convertido entonces el congreso en tribunal ( ¿y el poder judicial, entonces?) escondió la carta, enjuició, condenó y destituyó al presidente, sin oír su defensa, con una eficiencia que hubiéramos deseado para aprobar leyes importantes como la ley del agua, y otras que duermen el sueño de los justos esperando que los somnolientos diputados tengan un tiempito para darles una mirada. Y luego juramentaron al nuevo "presidente".

A todo esto le llamaron "sucesión constitucional" o algo por el estilo, aunque lo más pisoteado en todo el proceso fue la constitución. Su lógica: peguemos antes de que nos peguen.

Así se hacía antes: quitaban a uno, ponían a otro, y mandaban un telegrama a Washington para informar del éxito de la misión y del nombre del nuevo excelentísimo. Pero las cosas han cambiado. En unos cuantos días el mundo entero nos dijo que los golpes de estado (así, sin eufemismos) son cosas del pasado, que limpiaran y ordenaran para volver a empezar...

Pero el orgullo, la ambición, el egoísmo, el odio, y otro montón de cosas feas, prevalecieron sobre la razón, la prudencia, el amor y las cosas bonitas. De uno y otro lado surgieron insultos y acusaciones, cada uno se presentó a sí mismo como el paladín defensor de la ley, por amor al pueblo y al país, y dejaron confundido al mismo Dios de tanto invocarlo, cada quien para su causa. Y mientras los políticos y los leguyeyos hablaban de Dios, los obispos se pusieron a hablar de leyes, los militares de paz y democracia, los teóricos hablaron de entrar a la acción, y los expertos y analistas que se la pasaban hablando en la tele no dijeron nada.

¿Y nostros? en medio. Tratando de entender qué está pasando, de adivinar si deberíamos hacer lo que queremos, lo que debemos, o mejor no hacemos nada.

Es duro cambiar de hábitos. Nos habíamos acostumbrado a irla pasando, a contar chistes sobre la corrupción, el abuso de poder, el robo de tierras, la ilegalidad de los actos en el gobierno, la universidad, el comercio y los bancos. Era ya parte del folclore y hasta nos sentíamos orgullosos de que los pícaros de aquí fueran más originales y eficientes que los pícaros de otros lugares. Ocupábamos nuestro espacio, afortunadamente cómodo, dentro de un orden en el que cada cuatro años otro de los mismos se subía al guayabo para resolver sus problemas y los de sus parientes y amigos, a costa del país y del "pueblo", esa masa de gente que décadas o siglos de injusticia han dejado ignorante y fea, sin modales, que se reproducen como conejos y tienen la maña, cuando son "mal aconsejados", de detener el progreso reclamando como suyos la tierra y los recursos de los lugares donde viven. Le limábamos los dientes a la conciencia asistiendo a misa con el resto de la gente bonita, dando una limosna de vez en cuando, o proclamando a voz en cuello nuestras ideas progresistas mientras tomábamos güisqui del bueno.

Y, de pronto, se nos ha movido el piso. Como mil grados en la escala Richter. Los gorilas se salieron de la jaula y se han vuelto locos de miedo por una luz roja que los dejó medio ciegos; sacaron al domador, y todos se han metido a la pista del circo. Los payasos se dan de bofetadas de mentiras, el mono anda con el látigo del domador pegándole a los chuchos amaestrados, el mago saca decretos, órdenes de captura y leyes del sombrero, el oso le aruña las canillas a la trapecista, los leones siguen durmiendo, el enano anda en zancos y la elefanta le dice que así no, y algunos gritan que les devuelvan el pisto de la entrada, amenazando con apedrear al equlibrista.

Hay una extraña procesión en la que unos gorilas llevan en el anda a un personaje que ha pagado en oro, a un sastre más pícaro que él, ese traje de emperador que sólo él y sus allegados miran. El mundo entero le ve las canillas temblorosas que él cree cubiertas por su traje imaginario. Detrás vienen obispos y pastores recogiendo las migajas del emperador, por fin unidos por el amor al oro, ese metal que los indios sabían que sirve para buscar la belleza, elevar el espíritu y adorar a los dioses, pero atrapa y esclaviza a quien quiera poseerlo. Se revuelcan todos en la misma pocilga, tratando de cubrir sus vergüenzas con terciopelos y sedas, crucifijos, y ferretería de altar mayor. Un viejo con aspecto de rata peinada grita a través de un altoparlante que los negritos no saben nada, que los países chiquitos no son importantes, que los zapateros deben volver a sus zapatos y otras cosas a las que nadie le hace caso. Y luego un nuevo Moisés, de color canelo, guía con su canto a un rebaño de ovejas blancas blancas, que sin levantar la cabeza avanzan al banquete sin darse cuenta que son comida y no comensal.

Un gorila que le pegó a uno que pedía a gritos que vuelva el domador, salió huyendo cuando se dió cuenta de que no hay sólo uno, son cientos, miles, cientos de miles, es el famoso pueblo, gente fea y sucia y de malas costumbres, como esa de querer opinar, como si ellos supieran de política y de diplomacia y de todo eso. Pero no se callan y cada vez son más, y cada vez se oye más lejos, y el único que no oye es el emperador, porque junto con su traje le dieron unos audífonos bose, de esos que matan el ruido exterior.

Y los señores que estaban en los palcos han decidido que ya estuvo bueno de relajo y se han dado la vuelta para ir en sus carros a buscar otro espectáculo que no sea tan vulgar y bullanguero, tristes porque a la mariíta y a la puchunguita les atrasaron el vuelo y no pudieron ir al entierro del rey del pop.

¿Y nosotros? aquí en medio, gracias...

viernes, 20 de marzo de 2009

Los Lectores

A la tía Irma, que me enseñó a amar los libros.
El año pasado, a principios de noviembre, me invitaron a dar una charla sobre la lectura, al inaugurarse la exposición permanente de una colección de esculturas llamada "los lectores", de Gustavo Armijo, en la biblioteca de la Universidad Pedagógica Nacional Francisco Morazán. El contenido de la charla fue posteriormente publicado en la edición dominical de La Tribuna. No había querido publicarla en el blog porque muchas de las cosas que digo allí ya están incluidas en algunas otras blogorduras. Pero algunos amigos insistieron y me convencieron, así que aquí les va.
Debo agradecer, para empezar, dos cosas: la invitación de los organizadores de este evento a compartir con ustedes mis divagaciones acerca de la lectura y los lectores, y mi vida y circunstancias, que me hicieron un lector desde temprana edad, bien nutrido del cuerpo, como pueden observar, y también del alma, aunque eso sea más difícil de ver.

Las monjas de la Asunción me enseñaron a leer con el ridículo libro Pepe y Polita antes de entrar a primaria. No he parado de leer desde entonces. En la casa de mis padres siempre hubo –y sigue habiendo-- muchos libros, desde la Biblia, las enciclopedias y colecciones de la época y los libros de texto que se fueron acumulando en el estudio de mi viejo, hasta algunos libritos entre eróticos y pornográficos que circularon de manera semiclandestina por los baños de la casa –somos 5 hermanos varones-- antes de ser confiscados por mi madre, pasando por novelitas de vaqueros, fotonovelas rosa, libros y manuales técnicos, atlas y diccionarios. Periódicos y revistas como Selecciones, National Geographic, Vanidades y Buenhogar, e historietas de Chanoc, Supermán, Capulina, Vidas ilustres, Kalimán, y otros, completaron la biblioteca privada en la que me inicié como lector, bajo el estímulo constante de mis padres y mis padrinos, uno de ellos librero y la otra bibliotecaria. Puede ser que en otros países, quizá Europa o Rusia, los niños tengan mejores bibliotecas para iniciarse, pero aquí yo tuve ventaja. Conozco gente que sobrevivió durante muchos años teniendo como único material de lectura el almanaque de Bristol...

Desde pequeño fui comelón, y mi madre se encargó de que no me faltara nada, a lo que yo respondí engordando para hacerla feliz en aquella época en la que gordura y salud eran sinónimos, y las madres presumían ante sus amigas a sus rollizos y mofletudos descendientes como prueba de su dedicación y esmero.

Así crecí, nutrido de cuerpo y alma,Y es necesario decirlo porque las dos cosas son necesarias: los humanos somos una mezcla de dios y bestia, santo y criminal, de San Francisco y lobo de Gubbia, de Sancho y Quijote: aspiramos a la perfección que intuimos a través de las artes, las ciencias, la religión y las humanidades, sin perder el gusto por los placeres mundanos de la comida, la bebida y el sexo.

Los griegos inventaron el centauro, ese monstruo mitad hombre y mitad caballo, no porque algún viejito cegatón haya confundido al caballo con el jinete, sino como el símbolo que mejor representa la naturaleza humana: el espíritu y el cuerpo en constante contradicción, el jinete anhelando la belleza y la perfección, y el caballo dispuesto a los placeres mundanos. Uno puede imaginarse al centauro llegando a una pradera al anochecer, con el cuerpo equino diciendo “qué buena grama, como para darse un atracón y luego retozar en ella, con alguna de esas yeguas hermosas que vimos por el camino” y a la mitad humana reclamando “¿no ves el cielo, pedazo de caballo?¿no ves las estrellas, la belleza, la armonía?” Juntos viven en conflicto, separados mueren los dos. Nosotros también, cuerpo y alma: juntos peleamos, separados nos morimos.

Y el espíritu humano, horrorizado ante la posibilidad de ser dominado por los instintos, inventó la cultura: la religión, las artes, las ciencias, el lenguaje, son las armas con las que el espíritu, que se sabe débil, trata de dominar a la carne, que es fuerte. La cultura es producto del miedo a que nos dominen los instintos; es nuestra y es lo que nos hace humanos. No son cultos los dioses, que no tienen instintos, ni las bestias, que no aspiran a la perfección. Sólo somos cultos los hombres, que hemos dejado de ser animales sin llegar a ser dioses, que tenemos un ancla que nos quiere atarnos al suelo, pero también velas que quieren seguir al viento. No somos como los árboles, confinados al lugar donde nacieron, ni como las nubes, condenadas a ser errantes: nosotros podemos levar las anclas y buscar mundos mejores para echar las anclas de nuevo.

Lo mejor que ha producido la cultura es la palabra, con la que mentes y espíritus se comunican y comparten el ideal común de de trascender, de ser algo más que carne, hueso y grasa. Mejor aún es la palabra escrita, que ha superado los límites del espacio y del tiempo para crear el diálogo humano universal que nos define como individuos y como colectividad. Sólo la lectura de la palabra, escrita en arena, piedra, papel o silicón, nos concede el privilegio de incorporarnos a este diálogo y sentirnos profundamente humanos. Leo, luego existo. Nos hemos acostumbrado tanto al acto leer que lo damos por sentado, se nos olvida que hace muy poco tiempo los lectores eran minoría, se nos olvida que leer ha sido un privilegio, pero esperamos que de ahora en adelante nadie, absolutamente nadie, se quede sin saber leer.

Los libros son la materialización de lo que podemos llamar humano. Desde pequeño aprendí que los libros son como las comidas: hay libros aperitivos para abrir el apetito por la lectura, libros como platos fuertes que nutren y sustentan el espíritu, libros acompañantes que no nutren pero llenan y sirven para matar el tiempo, libros postre que sientan bien al final, pero empalagan en exceso, libros muy especiales, para de vez en cuando, y libros que, como viandas extraordinarias, nos llegan una vez en la vida. También hay libros agradables al paladar pero imposibles de digerir, y libros chatarra, que sólo producen congestiones y flatulencias intelectuales.

No existe el libro perfecto porque, al fin y al cabo de factura humana, los libros sólo reflejan nuestro anhelo y nuestra necesidad de alcanzar la perfección, pero no reflejan la perfección misma. Creer que un libro basta condujo al Califa Omar a cometer uno de los crímenes más graves de la historia al ordenar la destrucción de la biblioteca de Alejandría. No menos nefasto fue Fray Diego de Landa al destruir los códices mayas cortando de tajo el cordón umbilical que nos unía con nuestra propia historia. Siguen creyendo algunos déspotas que destruyendo los libros se destruye el espíritu. No saben que son el espíritu y la inteligencia humana los que dan vida a los libros, y no al revés.

Y como el espíritu sigue vivo, los libros y las bibliotecas han sobrevivido y están más saludables que nunca. La biblioteca de Alejandría ha sido reconstruida. Este espacio en el que hoy nos encotramos invita a pensar, a leer, a ser mejor. Hasta las columnas y los muebles quieren leer. No nos extrañaría que uno de los lectores del maestro Armijo cobre vida, repitiendo el milagro del barro convertido en hombre, gracias a la lectura. Este es el espacio donde podemos entender el pasado e imaginar el futuro.

Es la lectura de libros la que impulsó a muchos de los grandes hombres a realizar las hazañas que luego fueron narradas en otros libros. Muchas de las cosas que hoy nos asombran existieron antes en la imaginación y en los libros, fueron primero sueño y pensamiento, después palabra escrita y después realidad. La lectura nos hace elevarnos por encima de lo cotidiano y común para vislumbrar lo posible. Por ello se le acusa de confundir a algunos, de hacerlos vivir fuera de la realidad, en delirio constante.

En el mundo de los libros y la lectura uno se ve a sí mismo, se reconoce en los personajes y en las situaciones, se topa con todas esas cosas que le dan alegrías y tristezas, júbilos, angustias y vergüenzas. A veces da hasta miedo descubrirse en los libros, por eso digo que la lectura no es para cobardes. Hay que atreverse a entrar en lo desconocido, a pensar en otros mundos, a buscar en las ideas de las grandes mentes un mundo mejor que el que tenemos ahora. Y hasta puede ser que los libros nos cambien tanto la vida que terminemos haciendo quijotadas como el célebre personaje de la inmortal novela de Cervantes, no muy diferentes de los delirios de los que los profesores de física tratamos de convencer a nuestros alumnos afirmando la existencia de cuerdas irrompibles, superficies sin fricción, caballos esféricos y jinetes sin masa.

En una ocasión me dijo un amigo que la lectura de libros me podría abrir dos puertas: la del infinito, o la del manicomio. Contesté lo que, a mi juicio, debe contestar un humano que se precie de serlo: el premio es tan grande, que vale la pena correrse el riesgo...

¡Muchas Gracias!

domingo, 8 de marzo de 2009

Los astros

Divagaciones sobre el Poema 20 y la Astronomía
II. Los astros, a lo lejos...

Le contaba antes que la oscuridad del cielo nocturno implica que el universo no puede ser infinito, homogéneo y estático, todo a la vez. Pero este no es el final de la historia. El cielo nocturno no es totalmente oscuro: está estrellado, lleno de esos astros que tiritan, azules, a lo lejos. La presencia de los astros contra el telón oscuro del cielo nocturno nos remite directamente al más grande de los misterios, el de la existencia. ¿Porqué existe algo, en lugar de nada? ¿Porqué el universo alberga esos cuerpos luminosos en lugar de ser un "mar" oscuro y frío? Preguntas que podrían ser discutidas interminablemente en los cafés o en las cantinas... por ahora nos contentamos con saber que los astos existen, como lo muestra una simple observación al cielo, para contemplarlos y estudiarlos.

Según los señorones de la Real Academia Española, astro es "cada uno de los innumerables cuerpos celestes que pueblan el firmamento", definición que no da demasiados detalles, pero trae mucha más información de lo que parece a primera vista. Hay otras definiciones que no interesan aquí, como esa de llamarle "astros" a actores, deportistas, y a otros personajes del mundo del espectáculo, por ejemplo, el chucho de los Supersónicos.

En primer lugar, dice que los astros son innumerables, una manera bastante vaga de decir que son muchos más de los que podríamos contar con los dedos de la mano o quisiéramos contar tratando de dormir en una noche de insomnio. La verdad es que son muchísimos: a simple vista pueden verse unos cuantos miles, pero con los modernos telescopios y otros instrumentos se detectan millones de millones, y seguramente hay más, invisibles por ahora.

Dice la definición, además, que los astros pueblan el firmamento. Sólo califican como "astros" aquellos cuerpos que se encuentran más allá de la superficie y la atmósfera terrestres. Esto parece una herencia de épocas en las que se hacía énfasis en la idea de que la Tierra y le pensaba que los astros eran cuerpos de distinta naturaleza, gobernados por distintas leyes: yo, Tierra, tú, astro (como le diría Tarzán a Jane), la Tierra no era un astro más, y los astros estaban más allá del alcance de los humanos. Alguno que se la fumó vencida deliró con viajar a la Luna, pero más porque creía que la Luna estaba dentro de la atmósfera, como las nubes, y no porque creyera que de veras podría viajarse a un astro.

Aún más importante: los astros son cuerpos, no espíritus, ni agujeros. Son celestes, sí, lo cual significa que se originan en el cielo y pertenecen al él, pero son, a fin de cuentas, sistemas materiales a los que se puede aplicar las leyes de la física y las otras ciencias.

Los naturalistas y filósofos de la antigüedad pensaban que los astros se movían en el cielo siguiendo leyes propias, que no tenían nada que ver con las leyes de movimiento de los cuerpos cerca de la superficie de la Tierra, y que estaban hechos de sustancias eternas distintas de las que forman los objetos terrestres. Incluso se les concebía como seres sobrenaturales, dotados de voluntad y de fuerzas que les permitían influenciar las vidas de los hombres.

Todo eso terminó con la revolución copernicana, durante los siglos XVI yXVII, en los que los fundadores de la ciencia moderna le corrigieron la plana a sus antecesores, aunque aún en nuestros días los astrólogos siguen acumulando billetes a fuerza de engañar a los incautos que no se han enterado de que ya pasó el renacimiento.

Durante la revolución copernicana se cambió el viejo sistema geocéntrico, que suponía que la Tierra era algo así como el centro del universo, por el heliocéntrico, en el que el Sol pasa a ocupar el centro y nuestro mundo ocupa el lugar que le corresponde como uno más entre los planetas.

Pero el camino fue largo y tortuoso: hasta la fecha, a mucha gente no le hace gracia la idea de que la humanidad sea una especie cualquiera en un planeta cualquiera que gira alrededor de una estrella cualquiera en una galaxia cualquiera dentro de un grupo cualquiera; en la edad media, esto era simplemente inadmisible. No señor: la humanidad debería ser el centro del universo, y quien dijera lo contrario se arriesgaba a pasarla mal, como le sucedió a Giordano Bruno, quien fue cuidadosamente quemado en 1600, por sus delicadas divagaciones sugiriendo que las estrellas eran "otros soles", que podrían tener otros planetas a su alrededor, cuestionando el papel central de la Tierra, y por tanto de la humanidad. Galileo Galilei tuvo que vérselas con un tribunal que afortunadamente no le prendió fuego, aunque quizá no les faltaron ganas...

Isaac Newton unificó nuestra visión del universo al descubrir que la fuerza que hace caer a los objetos cercanos a la Tierra (la famosa manzana) y la que evita que la Luna se escape de su órbita alrededor de la Tierra son la misma cosa. Newton y los físicos que le siguieron se dieron cuenta de que las cosas que aprendían en los laboratorios terrestres también podían aplicarse al estudio de los cuerpos celestes --los astros-- y empezaron a preguntarse cosas como ¿qué son las estrellas? ¿de qué están hechas? ¿qué tamaño tienen? ¿cuál es su temperatura? ¿porqué brillan?, etc.

Aprendieron a analizar la luz que nos llega de los astros y descubrieron que las estrellas son "otros soles", como pensaba Giordano Bruno, y están hechos de los mismos elementos presentes en los cuerpos terrestres; que son muy grandes y están muy lejos. Aún más, hoy sabemos que los elementos se producen dentro de las estrellas, que muchos de los átomos de su cuerpo y el mío, los del hierro de los frijoles del desayuno, los de carbono y oxígeno del octavo almuercero, y los de nitrógeno que abundan en el aire, estuvieron algún día en el interior de una estrella. Los astros son, a la vez, muy lejanos y muy cercanos a nosotros.

No todos los astros son estrellas. Algunos son nubes de gas que brillan porque una estrella cercana las ilumina, otros son conjuntos de decenas, millares, millones o miles de millones de estrellas, que se ven como puntos luminosos porque están increíblemente lejos de nosotros, otros son planetas y otros sí son estrellas de verdad. El Sol es una estrella de tipo bastante común, y hace rato que perdió su estatus de centro del universo.

Contemplar el cielo estrellado es cada vez menos frecuente. La misma tecnología que ha permitido a los astrónomos escudriñar los confines del universo y descubrir la naturaleza de los astros priva a otras personas de contemplar un cielo estrellado al contaminar el cielo con iluminación innecesaria o al producir cosas como la televisión que nos convierte en papas de sillón. Pero la decisión es suya: anímese a ver el cielo, y recuerde que un fondo oscuro salpicado de astros, un cielo estrellado, tiene mucho que decirnos sobre el universo y sobre nosotros mismos.

viernes, 6 de marzo de 2009

...y tiritan, azules, los astros, a lo lejos...

A finales de enero anduve por San Salvador, invitado por ASTRO, la asociación salvadoreña de astronomía, a participar en el lanzamiento del año internacional de la astronomía. Bien organizado el evento, y como de costumbre, los guanacos nos trataron a cuerpo de rey.

Riccardo Giovanelli dio una interesante plática a la que tituló "Y tiritan, azules, los astros, a lo lejos...", tomando prestado un verso del Poema 20. De allí me nació la idea de escribir estas divagaciones.

Divagaciones sobre el Poema 20 y la Astronomía:
I. La noche está estrellada.


En nuestos días la observación astronómica hace uso de sofisticados instrumentos que, en forma automática, generan Terabytes y más Terabytes de datos en los que los astrofísicos buscan ansiosamente respuesta a las innumerables preguntas que ha generado el interés humano por conocer la realidad externa, el Universo.

Pero no siempre fue así. La astronomía es una ciencia muy vieja, y durante la mayor parte de su historia las observaciones se hicieron "a ojo pelón", y así se descubrieron cosas como los planetas Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno, la supernova SN1054 que los chinos observaron allá por el año 1054 d.C., las magnitudes estelares que se inventó Hiparco (quien también descubrió la precesión de los equinoccios) y el movimiento de los astros en general, incluyendo el de los planetas.

Las primeras observaciones usando un telescopio, hechas por Galileo Galilei hace 400 años, y las que se han venido haciendo desde entonces con instrumentos cada vez más precisos y de mayor alcance, han revelado un universo que ninguno de los filósofos, artistas o científicos anteriores al siglo XVII había imaginado ni en sus más eufóricas y descabelladas fantasías. De eso les hablaré en otra ocasión. Hoy quiero platicarles sobre cómo las observaciones hechas a ojo pelón, hasta aquellas que parecen triviales, tienen profundas consecuencias sobre lo que sabemos y lo que ignoramos del universo que, como reza el lema del año internacional de la astronomía, que se celebra este año, "es tuyo, para descubrirlo".

Tomemos, por ejemplo, algunos versos del famosísimo Poema 20, de Pablo Neruda:

Escribir, por ejemplo: "la noche está estrellada
y tiritan azules, los astros, a lo lejos"...

La noche está estrellada

Elemental, mi querido Watson: de día, la luz del Sol es tan intensa que no deja ver ningún otro astro, excepto la Luna. Pero de noche, cuando llega la oscuridad que produce tantos temores a los espíritus débiles que temen la aparición de los íncubos y los súcubos, podemos ver las estrellas contra el fondo oscuro del cielo nocturno.

Allá por 1823, Wilhelm Olbers se preguntó porqué, habiendo tantas estrellas, muchas de ellas más brillantes que el mismo Sol, el cielo nocturno es oscuro. Imaginó el universo como un "bosque de estrellas" y concluyó que, de la misma manera que una persona dentro de un bosque suficientemente grande no verá más que el tronco de algún árbole en cualquier dirección, un observador terrestre debería ver la superficie de alguna estrella en cada dirección, es decir, el cielo nocturno debería ser tan brillante como la superficie de una estrella.

Pero el cielo nocturno es oscuro. La simple observación de que "el cielo está estrellado" nos dice que hay algo incorrecto en el razonamiento de Olbers y nos obliga a examinar con más detalle lo que sabemos --o creemos saber-- sobre el universo.

¿Qué tan grande y viejo es el Universo? ¿Desde cuándo hay astros, cuántos son y cómo se distribuyen? Los mitos de creación existentes en muchas culturas y religiones señalan un origen para el universo y el orden en el que se crearon todas las cosas y los seres que contiene, pero en la époco de Olbers el pensamiento científico estaba dominado por la idea de que el universo es infinito, eterno, uniforme e inmutable. Todo estaba basado en la observación y el razonamiento, pilares fundamentales de la ciencia desde los griegos. A fin de cuentas, a excepción de un par de eventos aislados, posiblemente atribuibles a causas locales, no se habían observado cambios en el orden del cielo durante siglos o milenios, ni se había encontrado razones para creer que el universo tuviera un límite, un principio, o un final.

Pero, ya lo dijimos, el cielo nocturno es oscuro. Y no debería ser así en el universo que imaginaban los científicos del siglo XIX. A esta contradicción se le llamó "paradoja de Olbers".

¿Qué hacer? Los científicos son gente decente: buscan las soluciones a los problemas, en lugar de "meter la basura bajo la alfombra" ocultando los hechos. Hubo varios intentos de resolver la paradoja de Olbers, por ejemplo, imaginar nubes oscuras capaces de absorber la luz de astros lejanos y oscurecer el cielo, pero esto no funciona porque una nube que absorbiera energía continuamente durante un tiempo muy largo se calentaría hasta el punto de empezar a emitir luz. También se intentó postular que la luz "se cansa" y pierde su energía al propagarse sobre distancias muy grandes, pero esto no tiene ninguna base experimental. La única salida parece ser abandonar las ideas sobre un universo estático, uniforme, eterno e infninto.

En los modelos cosmológicos modernos, el universo no es eterno: tiene una edad de cerca de 14,000 millones de años, y las galaxias, que son las principales fuentes de la luz que nos llega desde los confines del universo, no han existido siempre. No vemos las galaxias más allá de cierto punto porque la luz no ha tenido tiempo --desde que nació la galaxia-- para llegar hasta nosotros. Así, aunque el universo fuera infinito, sólo vemos una parte de él. Esta es la principal razón por la que el cielo es oscuro. Otro factor, menos importante pero que también pone su granito de arena, es la expansión del universo, que produce pérdidas en la energía de la luz al propagarse; es un efecto conocido como "corrimiento al rojo", parecido al de la luz cansada, con la gran diferencia de que el corrimiento al rojo sí tiene base observacional y experimental.

Lo interesante es que una observación casi trivial, el simple hecho de que "la noche está estrellada", es una fuente de importantes cuestionamientos sobre las propiedades fundamentales del universo, nos obliga a pensar seriamente. La moraleja: aún las observaciones más simples pueden enseñarnos mucho, además de inspirar hermosos poemas. Y todavía nos falta platicar sobre todo lo que podemos aprender al observar que los astros tiritan, que son azules, que están lejos... pero todo esto será contado en otra ocasión.

viernes, 4 de julio de 2008

La lectura, los libros y la locura

El otro día estaba mirando un DVD, cortesía del Tío Laga, sobre los glifos mayas y la forma como los epigrafistas los han descifrado. Es una maravilla la forma como ahora leen las inscripciones de las estelas y de los edificios: de corrido, así como uno lee el periódico. Claro que de vez en cuando uno se confunde o encuentra una palabra que no conoce, pero eso no quiere decir que no entienda la idea general. Pues algo así andan estos epigrafistas. Se han leído la historia como si fuera una novela; seguramente ya conocen los chismes, las intimidades y las vergüenzas de la realeza maya. ¿No es una contradicción que muchos de los descendientes de los mayas no puedan leer ni siguiera esos rótulos que dicen "Guatemala, Tierra de los Mayas"?

Me puse a pensar en lo maravilloso que es poder expresar o entender, a través de unos cuantos garabatos, sentimientos, dolores, ideas, sueños, verdades y mentiras que perduran por años, siglos, milenios.... Uno está tan acostumbrado a eso de leer y escribir que se le olvida que es un privilegio, que la escritura es lo que marca la raya entre la historia y la prehistoria, que hace no mucho tiempo los alfabetas eran minoría.

No me acuerdo exactamente en qué momento aprendí a leer. Debe haber sido por allá por 1962, cuando estaba en la preparatoria de las monjas de la Asunción. Nos pusieron a leer el ridículo libro de Pepe y Polita y la monja nos llamaba uno por uno para que le leyéramos un párrafo. Me lo eché todo, hasta llegar a "Se terminó de imprimir en...", y desde entonces no he parado de leer. Quizá hubiera sido beneficioso que leyera, como los niños cubanos, lo que escribió Martí en "El Libro de Oro" en vez de leer las cacofónicas líneas aquellas de "Pepe tiene un gato. El gato se llama Momo. Momo es el gato de Pepe. Pepe ama a Momo." o cosa por el estilo. Quizá si los autores de literatura infantil entendieran que los niños son simplemente niños, no tontos, se lograría que los pequeños se aficionaran a la lectura. En mi caso, la magia de las letras y de los libros me capturó desde el principio, y no importa que haya entrado al mundo de la lectura por una puerta tan sin gracia como Pepe y Polita. Quizá entre los niños ahora mismo están batallando con la 44a. edición del triste libro haya algunos que se vuelvan lectoescritores, a pesar de todo.

En mi infancia leí "Mis Primeros Conocimientos". Cuando tenía como diez años, el maestrp Tuc mencionó que ningún hombre podría considerarse "culto" si no había leìdo el Quijote, así que me lo leí completo sin entender mucho, decidido a ganarme el status de hombre culto; me encantaron los libros de José Milla y las novelitas de vaqueros que encontraba en la casa. En la adolescencia vi las fotos de la Princess Lea en la revista "La Semana" y soñé con comprar la Play Boy de donde se las habían fusilado para verlas a todo color y con alta resolución, pero nunca llegué a reunir ni el dinero ni el valor para hacerlo. También leí y releí Fanny Hill, un libro entre erótico y pornográfico que alguno de mis hermanos consiguió y que pasó mucho tiempo en el baño, sirviendo de inspiración para nuestras más desaforadas fantasías, hasta que mi madre le dió una hojeada, quizá atraída por el aspecto sobrio e inocente, como de nuevo testamento, que tenía el libro, y lo desapareció para siempre. Después tuvimos que conformarnos con leer María, la famosa novela de Jorge Isaacs, con una heroína pálida y enfermiza que se muere de amor deshojando margaritas, en nada parecida a Fanny, con sus aventuras y placeres prohibidos.

Ni siquiera la comida me ha dado tantos placeres y tanta vida como la lectura. Todo lo que he leído, desde los chistes de Capulina que coleccionaba en mi infancia hasta los libros sobre complicadísimos temas de física que leo ahora, pasando por las historietas de Supehéroes, Tarzán, Chanoc, Condorito y otras peores, los libros obligados en la secundaria, la Biblia y las historias de la vida de Don Bosco, y hasta las Selecciones, me ha servido para enterarme de lo que pasa y ha pasado en el mundo, y desataron en mí ideas, pasiones, miedos, apetitos, sueños, enojos, y tantas otras cosas, que no sabría decir si la mayor parte de mi vida ha transcurrido dentro de los libros o fuera de ellos.

El asunto puede ser peligroso. Cervantes debería ser estudiado por los psiquiatras porque descubrió que uno se puede volver loco por leer libros, no sólo por los traumas sexuales de la infancia. Los profesores de física terminamos creyendo que en verdad existen las cuerdas irrompibles, las poleas sin masa, las superficies sin fricción y los caballos esféricos que habitan en los fantasiosos libros de texto. Los libros lo pueden sacar a uno de la realidad, sí, pero precisamente por eso uno puede imaginar mundos mejores y construir el futuro.

Los paleontólogos todavía andan tratando de averiguar si el Homo sapiens es inteligente porque aprendió a caminar erguido, o aprendió a caminar erguido porque es inteligente. Pero está claro que una cosa tiene que ver con la otra, y que no podríamos ser lo que somos sin despegar las patas y la barriga del suelo. Los libros nos dan alas para volar y despegarnos aún más de la realidad. Para algunos, es algo momentáneo, un viaje que les permite ver más allá y volver para cambiar la realidad. Para otros, es un viaje interminable que los lleva a explorar los rincones de eso que el resto de los mortales llamamos "locura".

Algún día les platicaré de otros libros, de los que he leído varias veces y de los que he dejado a medias, de los tesoros que no cambiaría por nada del mundo y de los que clasificaría como "literatura de inodoro", y del mundo de la lectura adonde iré a dar una vuelta en cuanto termine de escribir este párrafo.




domingo, 29 de junio de 2008

El Árbol de la Vida

En primaria me lo dijeron de la manera más simple: "los seres vivos nacen, crecen, se reproducen, y mueren". Yo, que ya había nacido pero no había crecido, y apenas soñaba con reproducirme algún día sin tener la menor idea de como hacerlo, no pensaba en la muerte como algo que me pudiera suceder a mí o a mis conocidos. Ahora que ya no soy tan joven, he crecido bastante, sobre todo a lo ancho, y descubrí cómo era el asunto de la reproducción, como que sólo me queda uno cosa por hacer...

Pero no me tiemblan las canillas por saber que me puedo morir cualquier día. Más bien me da curiosidad, como me pasaba con lo de la reproducción. Ya sé que me va a suceder, pero no sé cómo entrarle al asunto.

Es cierto que la reproducción es más atractiva que la muerte, pero al principio le tenía miedo: pensar en quedar en pelotas frente a una mujer que no fuera mi mamá sí me daba canillera. Los amigos mayores decían que las mujeres eran exigentes; yo me sentía absolutamente incapaz de igualar las hiperbólicas hazañas que ellos contaban, y siempre salía perdiendo en las comparaciones mentales que hacía cuando los oía hablar de las descomunales proporciones de sus órganos vergonzosos. Tenían más imaginación y elocuencia que habilidad para medir longitudes, pero entonces no lo sabía, y me angustiaba.

Como a todos, me llegó la época de cazar gametos del sexo opuesto (en el envase original, desde luego...). Con o sin miedo, nos pasamos años dedicados a buscar la manera de reproducirnos con el maquiavélico convencimiento de que el fin justifica los medios y que cualquier traición sería perdonada y cualquier sacrificio sería ampliamente compensado. Cuando por fin enfrentamos el reto nos damos cuenta que es un asunto natural, como hacer la digestión, dormir o comer. La sociedad nos exige aprender algunas reglas de urbanidad y buenas maneras, pero el acto mismo "lo tocamos al oído", sin partitura ni metrónomo. El organizador del espectáculo nos dejó listos, y planteó la reproducción como un placer prohibido, y no como una obligación, para estar seguro de que cumpliéramos nuestra parte. Mas de algún alucinado dice que nos reproducimos para participar en algún "gran proyecto" de población del planeta y preservación de la vida, pero yo creo que nadie se reproduce por cumplir con una obligación, sino porque el sexo es un placer y todos venimos equipados para funcionar cuando nos toque.

Me pregunto si con la muerte no será la misma cosa: se empieza por tenerle miedo, se buscan mil y una maneras de "estar preparado", o de sacarle el cuerpo, y se termina por entender que es natural y que, con miedo o sin él, todos estaremos listos para cumplir la tarea cuando llegue el momento, sólo hay que aprender a hacerlo con elegancia.

Lo difícil no es hacer lo que hay que hacer cuando llega la hora, sino el camino que hay que recorrer, los obstáculos que hay que sortear, los miedos que hay que vencer. Describir la vida de un ser humano como un caminito que va en línea más o menos recta desde el nacimiento hasta la muerte es una simplificación grosera que trivializa el proceso y lo priva de su esencia. Algo así como que le cuenten a uno una película diciéndole que primero viene el principio, luego lo de enmedio, y después el final. Nadie puede decir que esto no sea verdad, pero es una verdad trivial, vacía, aburrida. No es la forma como se debe contar la historia de una persona.

El camino desde el nacimiento hasta la muerte es, como el cuento de Borges, "un jardín de senderos que se bifurcan", confuso e inseguro. Desde el principio enfrentamos disyuntivas y tomamos decisiones. A veces somos conscientes, y a veces no, a veces uno toma la decisión, a veces la toman otros, pero de todos modos se toman decisiones y se eliminan cosas irrecuperables. Cada elección significa dejar en el camino las opciones no elegidas; cada decisión significa dejar de hacer muchas cosas. ¿En qué momento decidí no ser un pirata, un ilusionista, un relojero, un criminal o un santo? ¿Cuándo me volví lo suficientemente "maduro" para distinguir entre la realidad y los sueños? ¿De veras ha sucedido esto?

Para un recién nacido todo es posible. El futuro es incierto. Las decisiones que tome --u otros tomen en su lugar-- se encargarán de dividir el futuro en "lo que todavía es posible" y "lo que ya no es posible". Sólo hay una cosa que siempre está entre lo posible: la muerte. Para un viejo, el pasado es incierto y el futuro, seguro.

Uno inicia la vida con el saco de lo posible lleno, y el de lo imposible vacío. La vida consiste en pasar constantemente cosas de un saco al otro, y termina cuando lo único posible es morir. Como en un reloj de arena, los granitos de lo posible van cayendo a la cámara de lo imposible, sin prisas pero sin pausas. Y no se le puede dar vuelta al reloj, aunque a veces sucede que uno de los granitos que, según uno, ya había caído, se aferra tercamente y de alguna manera reaparece entre las cosas posibles cuando ya uno casi la había olvidado, como cuando Florentino Ariza por fin consiguió a Fermina Daza.

Lo interesante no es saber que uno va a llegar a eso, sino la forma como llega. Hay muchas, muchísimas formas de hacerlo. ¿Se puede planear de antemano el mejor camino? No lo creo: ninguna decisión tomada a lo largo del camino es insignificante, casi cualquier cosa puede cambiar el rumbo de una vida, planificada o no. Predecir todos los detalles del futuro es imposible, y quien afirme que puede hacerlo está hablando pajas. Está bien para las películas de ficción. Quizá cuando queden muy pocas cosas posibles y poco tiempo para volverlas imposibles, se pueda adivinar. Aunque entonces eso nos importe un rábano.

Otra cosa que me contaron en la clase de ciencias naturales es que las células se dividen en dos cuando alcanzan cierto tamaño. Cada quien por su lado, nos vemos en Siberia, vida mía, y mientras tanto ninguna de ellas sabe lo que le pasa a la otra. ¿Qué tal si al llegar a una de esas bifurcaciones de la vida nosotros también nos dividiéramos, no física, sino espiritualmente? El espíritu se iría por varios caminos a la vez, como la sangre cuando las arterias se dividen en tubitos, tubititos, tubitititos, tubitititíos cada vez más chiquitos. Todos llevan su poquito de sangre. Quizá nos vamos poniendo viejos y sintiendo cansados porque el espíritu se va dividiendo entre las ramitas, ramititas, ramitititas y ramitititías del árbol de la vida.

Surge entonces la posibilidad de las vidas paralelas, que también la ha alborotado al imaginación a más de alguno, y cosas aún más interesantes porque, a diferencia de las paralelas, que no se cruzan nunca, las ramitas de la vida podrían separarse en un punto y volverse a juntar una o varias veces más adelante. Viviríamos vidas entrelazadas, una maraña de vidas afectándose unas a otras, y uno entonces creyendo recordar cosas de otras ramas o enojado o feliz por algo que ni le ha sucedido, experimentando miedos y odios por cosas que pasaron en otros segmentos de la maraña.

Suena interesante para entender la extraordinaria complejidad de los hombres y de la historia: esquizofrenias, miedos, deja vu, sensaciones de "yo a usted lo conozco" o "siento como si ya hubiera estado aquí"; angustiantes persecusiones enmedio de los sudores fríos de una pesadilla, amaneceres plácidos en los que uno amanece feliz, como agradecido con el mundo sin saber porqué, todo sería consecuencia de cosas que pasan o han pasado en la ramazón de la vida. De repente de eso se trata el asunto del hilo de plata que funciona como una especie de cordón umbilical irrompible, que nos mantiene unidos a la vida de la colectividad muy a pesar de nuestra occidental y cacareada individualidad. Y uno como aguja, metido en la trama y la urdimbre de la vida cruzándose una y otra vez con vidas que son de uno pero no son de uno. Por algo decía mi abuelo Lalo que hay algunos que "no están en lo que están".

El asunto da para más. Por ejemplo, si la vida fuera como un gran sistema circulatorio uno entraría en ella como un vulgar glóbulo rojo, cargado de oxígeno, nutrientes y cosas buenas para ir repartiendo a lo largo del camino de los tubitos y los tubitíos, y recogiendo residuos, tristezas y dolores para volver agobiado al corazón donde lo mandarían a dar una vuelta por los pulmones para limpiarse, oxigenarse y entrar a dar otra vuelta. ¿Es eso la reencarnación? A saber.

Otro día quizá sigla platicando de esto. Hoy ya no, porque un blog es un blog, y no un libro gordo, y porque estoy con la extraña sensación de que alguien podría estar comiéndose mi almuerzo...